A veces me encuentro atónito ante mi
reflejo en el suelo. La irregularidad de los adoquines de Banfield, en esas
callecitas cerradas a la luna, siempre acumula en charcos verdosos el agua de
la llovizna otoñal.
Hacía dos años me había hostigado la
necesidad de emplearme en cualquier rubro, y la señora de la pescadería de
Maipú me contó sobre un puesto para ser vigilante como su marido. Alrededor del
mediodía me postulé para aquel trabajo que ofrecía una empresa privada en Pavón
y Rincón, a unas diez cuadras de casa, cruzando las vías.
Casa, bicicleta, adoquín, noche,
garita, bicicleta y cama. Así pasaron dos años. Cuando rememoro este círculo de
noches interminables me altero triste y me corre un escalofrío por el pecho.
Hay algunas estaciones en algunos lugares, como el otoño en Banfield, que a uno
le colman los sentidos con estupor. Las lloviznas, las brisas de aire caliente,
la noche cerrada por los paraísos, lo estrecho, el mínimo detalle,
combinaciones de la soledad; eran el brebaje de mis preguntas y mis respuestas.
El desmoronamiento de los sueños
juveniles culminó el día en el que el doctor me dijo que no podría hacer más
trabajos forzosos por culpa de mi corazón. Cuando pasé mi depresión
inconsciente y lógica, sostenida por el desempleo y tapada por la banalidad de
un barrio conurbano, con sus eventos y costumbres, tomé este nuevo trabajo como
quien toma un amanecer. La noche y el tabaco eran buenos compañeros. Llegando a
la hora en que agoniza el día y volviendo a casa para dormir cuando todos
comienzan a despertar.
Pero pasaron dos años de lo mismo y ya
no me podía acurrucar hablando del clima con algún vecino o escuchando fútbol en mi radio portátil. Si bien no leí filosofía y mis ideas nunca fueron muy
elocuentes, algo en mí cambiaría. Imagínese el interés cultural de un
electricista hijo de gallegos como yo. A cada jornada mi forma de ver el mundo
se hacía más inteligente. La noche y la soledad, repito, fueron mis libros.
Cuanto uno más piensa y menos escucha la radio o habla con la gente, la
claridad y la confusión se tornan una sola parte de la realidad, se vuelven
pavorosamente iguales. Los pobres no tenemos tiempo para pensar.
En estos días llegué a la conclusión
que uno muere y no hay nada, hay lo mismo que uno sabe desde antes de nacer,
pero hacia el futuro. Y el costado espeluznante de la inminencia del fin me
abrazó con su sombra de nieblas. Claro que esto no es nada nuevo, claro que a
todos les pasa en algún momento, de forma más o menos frecuente.
Los días en casa se iban en sueños y el
miedo a la sensación fantástica de pensar en nada no me dejaba dormir bien.
Porque antes de la muerte estaba el techo. El techo, ante lo desconocido en el
oasis de la cama, se yergue frente a mí todos los días. Sabe que estuvo
ahí hace más de cien años y que no me deja cerrar los ojos y que yo no lo sabía.
El centenario con su tiempo es consciente que nos cubre y al hacerlo se siente
protector. Parece que lo veo con su mugre y sus arañas, y él me observa
con mi mugre y mis miserias. Yo, a veces, quisiera ser él.
Nunca pasa nada en las noches de
Banfield, en ese barrio residencial. Yo era la seguridad de la nada y me sentía
así de inútil. Pero la otra noche algo cambió y no tengo miedo que, al
contarles esto, me tilden de loco; al fin y al cabo no escucho más los relatos
de radio y no me preocupo demasiado por el clima. Ya soy distinto a ustedes.
Ese día no había hablado con nadie y la
lluvia azotaba violentamente a la garita de costado. Las gotas golpeaban con
fuerza en el vidrio. Me encontraba refugiado, me sentía acogido en mi encierro
y decidí tomar un poco de licor, aunque no me lo permitían. No sé si fue el
Cortázar que miraba desde el mural del paredón, un linyera loco que deambulaba
por ahí o simplemente la voz de mi interior divino, pero las palabras que oí se
escucharon fuertes y claras como desde un altavoz. No me asusté para nada, me
pareció tan normal como el fútbol y tan cotidiano como el clima, como un trueno
en la tormenta. No puedo recordar exactamente lo que dijo aunque el concepto se
grabó en mi mente como una fotografía. Cuántas veces dijeron por ahí que la
verdad es subjetiva. ¡Estupideces! Eso dicen los que no saben, los que no la
oyeron. Estoy tranquilo y sereno, y la atonía frente a mi reflejo en los
charquitos matutinos es lo que me trae paz. Si bien creía poder comprender el
concepto de “la nada”, no estaba seguro de su cara positiva. La voz me explicó
todo, me dejó tranquilo, me dijo que no me preocupara, que iba a ser vigilante
eternamente. Que esas noches de cigarrillos y reflexiones en Banfield, no
terminarían jamás. Yo sé la verdad, sé que puedo ser un gato negro, puedo ser
la chica de la esquina o puedo ser el techo de mi casa.
De todas formas lo más fácil es ser
simplemente yo, y nunca encontraré la muerte. Miro mi reflejo y entiendo hasta
el último detalle. La respuesta siempre estuvo ahí, en ese verdín resbaloso.
Me doy cuenta que es difícil expresarlo con palabras y me preocupa que no
me entiendan. La muerte irrumpirá algún día en sus cuartos, las veces con
sufrimiento y mientras no lo sepan; desde su ignorancia se disponen a perecer.
Yo, en cambio, lo puedo todo.
Van a creer que fanfarroneo, pero no
importa, yo lo sé. Van a creer que deliro, pero no importa, yo lo sé. Y no
hablo de lo que creo cierto y lo que no, hablo de la verdad y hablo de la
ignorancia.
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