20/7/15

Asombrado por la neurología

Es increíble como después de una pelea (de un desaliento y una tristeza) el cerebro tiende a dividirse en tres partes. La mitad se vuelve inservible, obstruyendo toda posibilidad de floración de creatividad. Solo queda, desde ahí, un vestigio de una simpática nostalgia de algo y una sensación de depresión hacia “otro” algo. Una mitad de la segunda mitad es práctica como la inercia de cubrirse el rostro cuando viene un golpe de frente, con ella se puede lograr subsistir ante las obligaciones de la cotidianeidad. Y la última mitad de la segunda mitad (lo que queda), o sea un cuarto del total, es la oscuridad.
La oscuridad (neurológicamente hablando) es la parte más pesada del cerebro, tiende a arrastrarte consigo y en ocasiones se vuelve hacia el lado opuesto, pero siempre hacia abajo. Es muy difícil, cuando uno descansa la cabeza, ya sea por el hecho de acostarse a dormir o por haberse caído al suelo, levantarse y enderezarse para continuar. Pero cuanto más alto tenga uno la cabeza, los pensamientos son proporcionalmente densos a dicha altura; sin embargo, tenemos una mejor creciente hacia la superación. Eso es lo que llamo “posibilidades proporcionales”.
Las “posibilidades proporcionales” funcionan solo en el humano que tiene las neuronas compuestas por mariposas. Las mariposas (sin un humano al rededor) no se guían por su cerebro directamente, sino por sus antenas. Solo lo hacen en raras ocasiones, donde todo es una masa cerebral homogénea y sin posibilidades de dividirse, lo cual a mi opinión es un gran beneficio de la evolución. Cuando una mariposa decide girar hacia su derecha lo hace con todo el cerebro, pero no como un libre albedrio dado por un Theós sino por el hecho de doblar simplemente a la derecha, y está comprobado que la derecha es aleatoria, siendo así que podría haber sido la izquierda también y en ese mismo momento. Aunque suene esto a la teoría del caos, de la cual soy consciente, nada tiene que ver con el “efecto mariposa”. La mariposa no decide, solo termina la acción que pensó donde empieza a pensar la mariposa de al lado[1]. Ahora, un conjunto de miles y miles de mariposas rodeadas de un cráneo humano sí tiene poder de decisión. La membrana plasmática de dichos insectos es excitada eléctricamente por el exterior y a su vez por ellos mismos.
Llegado este punto y en el campo de la neurología un grupo de mariposas pueden salir triste y desagradablemente por las orejas. En el campo de la tristeza  la mariposa monarca se clava como un vidrio roto en el medio de la frente, guardando una dolorosa e imposible simetría en la distancia hasta cada oreja. En el campo de las mariposas la tristeza puede abrir la cabeza exactamente a la mitad y dejarlas libres, voladoras, eléctricas y hasta, a veces, felices.



[1] De ahí el dicho: Decisión de mariposa

15/7/15

Auxilio a un pobre pantofóbico

Dres. del Centro Psicológico Boedo.


Podría hacer un extenso listado de las cosas que me dan miedo o empezar dividiéndolas en grandes grupos; uno para los insectos con patas, otro para los accidentes domésticos, otro para la gente bien vestida, otro para las enfermedades del estómago, etcétera; mas no viene al caso. Entre los miedos más grandes y comunes, y creo que vamos a coincidir, se encuentra el de viajar en tren. Debo reconocer que tengo un problema a la hora de viajar, pero el problema no es precisamente viajar, sino el medio de transporte. Es habitual en mí, cerrar con fuerzas los ojos en cada esquina que cruzo arriba de un vehículo, sea un taxi o un colectivo. Ese miedo, que corre como un viento frío desde las entrañas, me hace apretar los puños y cruzar los brazos sobre mi cuerpo. Lo siento y lo veo como un ser latente, visualizo el momento del impacto en esa peligrosa esquina. Aunque no quiera sé que chocar, descarrilar o explotar es una propiedad intrínseca de los vehículos modernos. Si bien pocas veces pude animarme a andar en moto, y a los aviones y a los barcos (quienes merecerían un párrafo aparte) nunca los he probado; debo decir que actualmente mi mayor miedo son los trenes. Prefiero mil veces desafiar la estadística eligiendo un auto, a tener que subirme a esos gusanos metálicos que corren por sus vías ansiosos de volcar o desprenderse. Lamentablemente, más o menos una vez al mes tengo que viajar en subte, el peor de los trenes. Con solo oler la grasa maquinaria y sentir el calor sofocante de las cuevas por donde transitan, se me eriza la piel. Justamente ayer estaba bajando por las escaleras y veía a la multitud preocupada por sus cosas, con sus auriculares puestos y sus diarios en sus respectivas axilas. Disfruto mucho la música pero nunca pude usar auriculares en la calle, siento que me persiguen o que me llaman. Tampoco voy mal vestido porque me preocupa lo que piensen de mí. Bajé al andén donde había una formación estacionada con las puertas cerradas y el otro carril vacío esperando la llegada de otro tren ¿Qué pasaría si por alguna equivocación llegara el tren donde estaba el otro estacionado? Me senté en la mitad del pasillo al lado de alguien al que no me atreví a mirar. Ese alguien tenía una mochila entre los pies, leía un libro y, al verme, enroscó con el pie la correa de su mochila por miedo a que se la robe. Me empecé a preocupar ¿Estaría muy mal vestido esta vez? ¿Parezco un ladrón? Tampoco me visto muy bien, por miedo a que me quieran robar. Me enojé un poco, no me gusta que la gente se sienta así de perseguida. Las puertas del tren estacionado se abrieron y elegí sentarme justo al lado del freno de emergencia y en un vagón central, no muy adelante por si choca de frente y no muy atrás para tener menos probabilidades de que se desprenda del resto de la formación. Subí y subieron pocos, ya que era domingo. Intenté relajarme, respirar y que no me acosen esos ruidos extraños que vienen de los túneles, ruidos inexplicables y mecánicos. Nunca miro esos túneles, parecen chillar como mazmorras medievales infestadas de monstruos desconocidos. Cuando estaba distraído en mis pensamientos, llegó otro tren por la otra vía, abrió sus puertas y una voz dijo algo inentendible. La gente se subió al otro tren, el mío cerró sus puertas y me quedé encerrado. Empecé a gritar y a hacer señas. El otro tren se fue y nadie vino. La claustrofobia empezó a castigarme y no pude hacer más que abrir la ventana enrejada y sacar un poco la nariz para que el oxígeno me reanimara. Sé que tengo problemas y que es difícil tratar las fobias, pero ya es la una de la madrugada del lunes y estoy en el tercer vagón de la formación UM31 en la estación Bolívar de la línea E. Les pido encarecidamente, si son tan amables, que vengan a calmar esta sensación aterradora.


Atentamente…

A Juan Antonio Rodríguez

Una mañana, muy temprano o muy tarde, un pequeño libro se deshizo junto al insomnio como ceniza entre mis dedos, era un clásico, afirmaba que “lo esencial es invisible a los ojos”. Y aunque a muchos les cueste creerme, lo leí vergonzosamente por primera vez esa misma madrugada. ¡Esa misma madrugada! Cuando la agonía de aquel que guardaba historias antiguas, mitad mentiras mitad verdades, estaba terminando. Hasta a mí me cuesta creerlo. Todos esos cuentos perdidos que nos han llegado alguna vez desde su boca, cuentos que nunca fueron leídos, contados, recordados, inventados. Fantasmas que fluían en la densidad de los nicotinados bigotes, historias atrapantes en el cómico arrastrar de las palabras, pausas, perfectas comas y puntos de vino tinto. Anécdotas minimalistas embellecedoras del mundo, tristes ahora. Dudosos cuentos de amor, de estupidez humana, de revolución comunista. Mentiras que revelaban verdaderas sensaciones, el olor a café de algún mugroso bar de San Telmo, el humo del habano prendido y apagado incontables veces, la textura de un fuelle de acordeón en la ciudad de los sombreros. Y por otro lado, eran como un cuadro hermoso de un bosque verde oliva, un poco de tierra colorada mezclada entre las antigüedades a la venta, un pedacito de Iguazú, un pacífico rio transparente y el sol acogedor, fuera de foco por el rocío y la humedad, por la garúa. Era misterioso, lleno de arte, de ideas. Un libro amado que se esfumó celoso de los otros, como incendiado. Consciente al desvanecerse en el aire con el timbre de una voz spinetteana y con la solemne delicadeza del pequeño príncipe.

12/7/15

Los gitanos

Extrañando extraños




Envuelto en la dulce oscuridad de las sabanas siento insectos que suben por mi cuerpo, miles de esos hermosos golpecitos de corriente corren por mi corteza. Las hormigas trepan por los dedos de los pies. El viejo tiene la manía de apretarme el dedo gordo del pie para despertarme, usando su fuerza de boxeador, sus manos de albañil con la presión de una tenaza.
Voy embobado al baño y el perfume del mismo jabón de siempre me aliviana el pegote de las manos veraniegas. Yo mismo encargué que compraran ese jabón, porque el perfume es el que tiene el novio de la chica que me gusta. Se siente su pulcritud desde lejos como si ese perfume llevara a su dueño a una necesidad irrefutable de sentirlo limpio, como dando a entender que la vida que lleva es híper organizada, con horarios preestablecidos para cada cosa, viviendo la vida con coherencia, vigor y seguridad y sobre todo teniendo la confianza para tener una vida social plena, todo lo contrario a mí.
Un poco más oxigenado me siento en el comedor y sí, la abuela dejo un jugo de naranja exprimido antes de irse a comprar. Desayuno esperando que las ideas calienten de a poco.
Sábado, temprano, muy temprano. Salgo a caminar hacia Adrogué, no se si el destino luminoso y poco alcanzable me hace sentir así o si es el camino el que llena mis pecho de vitalidad. Paso a buscar a un amigo que vive a la vuelta, que también quería comprar algunas cosas. Mi abuelo me deja juntarme con él porque él no es gitano. Mi abuelo dice muchas cosas de los gitanos que a mí no me gusta oír. Dice que es un barrio de gitanos, pero yo nunca vi ninguno. La mañana corre tímida de nubes y aunque me entusiasma muchísimo llegar a destino, sobre todo para jugar a los fichines, disfruto cada paso como si no fuera a repetirse jamás, de hecho no se repite jamás. En la casa de él sale la madre despeinada y dormida y grita su nombre para llamarlo. Mi amigo sale preparado como un boy scout con su mochila y su pelo marcado de peine con raya al medio. Con un apretón de mano, como si jugáramos a ser adultos, nos saludamos tímidamente y no perdemos tiempo en comenzar a hablar del programa de TV que se estrenó anoche y que su madre no lo deja ver. Le cuento la trama detalladamente y hasta tengo tiempo de inventar algunas cosas y él me escucha apasionadamente. Luego la conversación se desvía, justo cuando agarramos Amenedo, por ahí derecho, la próxima parada para descansar son las vías. Vamos hablando de música que de eso él sabe más, ahora yo lo escucho atentamente y memorizo las bandas que me nombra. Somos coleccionistas de obras en todos los universos, o al menos así me gusta pensarlo. El problema es que año tras año los universos se hacen más infinitos, o al menos así me gusta creerlo.
En fin, primera parada, mi lugar favorito, una casa vieja al costado de las vías, más abajo del nivel de la vereda, paredes casi negras de abandono.  Hundida entre matorrales como queriendo pasar inadvertida, y yo con un miedo especial hipnotizado sin poder dejar de mirarla. La casa quiere desaparecer y mientras nosotros no la olvidemos no va a poder hacerlo, él me dice que sigamos, que del otro lado de las vías ya no hay gitanos, a su madre tampoco le gustan. Pero la casa se ve más triste desde lejos. Ella con su arquitectura europea y colonial y yo alejándome, viéndome también más triste y sabiendo muy poco de arquitectura.
Amenedo, las plantas brotan entre adoquín y adoquín y los árboles se abrazan con los de enfrente como si hicieran fuerza por agarrarse y en ese túnel de hojas, en el medio de la calle, un perro diagnostica lluvia. Dudamos en seguir, dudamos en volver. El cielo se oscurece de nubes negras. Pienso que menos mal que seguimos porque en diez años me voy a arrepentir. A lo lejos se ve el cartel del lugar y las vidrieras nos entretienen por un buen rato, y afuera gotea de a poco y las gotas hacen globitos en el piso y las vemos por las ventanas de la cafetería, y las bolsas del supermercado vuelan en libertad y un paraguas se da vuelta y mi abuela dice siempre que los globitos en el piso son una señal, una señal de que la lluvia tiene para rato, quizá todo el día, él se ríe del comentario y pregunta si mi abuela no será una gitana, y se ríe, y pienso en la casa de las vías, no conozco a los gitanos.
De pronto un destello y luego el trueno, el piso tiembla. Ya no me gusta el clima, no confieso mi miedo e imagino que de grande me  va a encantar la lluvia.
Él sabe que me gusta una chica, de eso hablamos mientras volvemos, la que tiene novio, la que va al colegio privado en Adrogué, me recuerda él con un malicioso énfasis. Apuramos el paso y nos vamos humedeciendo. Él saca de la mochila una campera impermeable y con capucha y se la pone y yo lo envidio por su acertada premonición.
Caminamos unas cuadras callados contemplando las calles vacías, me siento confundido entre mis pensamientos de amor y odio hacia mi amigo. Por ahora los arboles nos cubren pero sabemos que más adelante, cruzando las vías, donde las casas son muchísimo menos ostentosas ya no habrá techo y, como viene la mano, parece que la lluvia será más hostil como un fortuito castigo hacia nosotros, los pobres de la ciudad.
Justo en medio de una divertida conversación sobre formar una banda, seguida por la charla sobre un exitoso proyecto a futuro que en realidad no es más que un feliz sueño de unos tontos niños caminando sobre la lluvia de Adrogué acercándose lentamente al barrio de los gitanos, donde hasta ganábamos un premio y tocábamos en un MTV unplugged, veo a la chica que me gusta sentada en una entrada de una casa en la vereda del frente refugiándose del agua con la mochila entre las piernas. Continúo hablando, intentando no cambiar el tono de mi voz, caminando más rápido y rogando que no nos vea. Mi amigo me mira como queriendo interrumpirme y yo muevo la cabeza como dando la orden de que siga caminando disimuladamente. Estamos por lograrlo, estamos por llegar a la esquina pero no. Ella nos llama con su voz angelical, chicos, chicos, repite incansablemente. No queda más remedio que darnos vuelta e ir a su encuentro. Él se me adelanta y ella lo saluda primero, es claro que no se acuerda nuestros nombres y que nos llamó porque estaba aburrida. Nos cuenta que está esperando que la pase a buscar su padre, que esa era la casa de su abuela y que ella se fue y se tuvo que llevar las llaves y por eso esperaba en la puerta. Nosotros la escuchábamos con la más tímida e incómoda atención. La conozco desde los siete años de edad y creo que es la segunda vez que hablamos. Por suerte ella no deja de hablar y no nos da lugar a cargar, en nuestro historial autoflagelante de niños acomplejados, con un silencio incómodo. Pasado un rato nos comenta que tiene mucho frio, que no se abrigó bien y que no parecía que iría a llover tanto. Me sube un calor de furia vergonzosa al ver como él le ofrece caballerosamente su campera y aún más fuerte es el calor cuando ella la acepta. Les comento, solo para hablar de algo, que podríamos seguir caminando hasta cruzar las vías y, así, guarecernos mejor en la entrada de la casa abandonada. A pesar de que mi intención es que pase como una mala idea, la reciben con entusiasmo, como un divertido desafío para pasar esa tarde aburrida y lluviosa.
Luego de deliberar un rato nos encontramos en la puerta de la casa abandonada. Intento disimular los chuchos de frio al sentir la nuca empapada, me siento en la escalinata de madera que sube hacia la entrada y miro la lluvia rebotar en el barro con cierta tristeza, ya sin saber que decir y cansado de simular ser una persona interesante. La siguiente conversación se da con más soltura y puedo notar que ella intenta que yo participe más, contándome directamente a los ojos de sus cosas y preguntándome sobre las mías. Se me ocurre hablar de la casa abandonada, del respeto y fascinación que le tengo y de lo mucho que quisiera reconstruirla. Ella es hermosa, digo y me ruborizo automáticamente. Entonces entremos, me dice ella a modo de chiste. Entrá vos primero, dice él desafiante como para hacerme quedar como un cobarde. Trago saliva y me animo, la puerta está cerrada. Andá por la ventana del costado, dice él obstinado con una mueca en los labios. Ahora sí me hizo enojar, por suerte el porche es amplio y ya no nos mojamos, pero no sé si es el miedo o el frío el que no me deja disimular el temblequeo de mis piernas. No hace falta, era una broma, dice ella. No, no, déjalo, dice él. En la ventana lateral hay un vidrio roto y por ahí meto la mano y puedo abrir la ventana que hace un ruido escalofriante. Cuidado con los fantasmas, insiste él. Cuando estoy por entrar retumba un trueno y doy un paso atrás. Ella pega un grito de susto y yo la miro con pena, aunque más pena siento de mí. Por fin logro entrar y las pupilas tardan un rato en acostumbrarse a semejante oscuridad. Contemplo incrédulo la majestuosidad de la gran sala vacía, la madera mohosa, las terminaciones de mármol y el crujiente parqué. En realidad estaba casi vacía, había un tacho de metal en el centro y una escalera al costado.
Les digo que entren y que podemos hacer un fuego en el tacho lleno de ramas, dando a entender lo valiente que soy. Ojala tuviéramos un encendedor, digo con tristeza. Yo tengo me dice ella, ¿vos fumás? le pregunto yo, obvio, me contesta enojada.  Seguro por el novio dice él casi en mi oído sin que ella escuche. Mientras ella discute con él para que le diga qué me dijo, yo con una pose de adulto prendo fuego las ramas del tacho que agarran más rápido de lo que pensé. ¿De quién será esto? pregunto y él me contesta que de algún gitano pobre, pero yo lo dudo porque mi abuelo dice que tienen plata, pero cómo voy a saber si yo nunca vi a uno, no los conozco.
Charlamos de muchas cosas y esperamos a que ella seque sus cigarrillos en el calor del fuego, con una prolijidad muy femenina. Ella se prende el primero y él le rechaza una pitada. Yo en cambio no sé qué hacer, y ante la duda siempre digo que sí. Ella se me sienta al lado ahora, muy pegada a mí. Su pierna toca la mía, puedo sentir la humedad de su pollera escocesa que me pica y me da calor y me hace sentir en un sueño de jabón con olor a perfección, a seguridad. Pero me acuerdo de su novio y me desanimo, pero ella me toma del mentón y me pone el cigarrillo en la boca. Doy una pitada y comienzo a toser, y ella se echa para atrás, se acuesta en el piso riéndose exageradamente. Yo me pongo colorado y él dice: ¡besala tonto! La miro y me mira, me acerco a su boca y cierra los ojos, pienso en que no puedo creer que esté por besarla. A escasos centímetros de su boca se rompe el hechizo, cuando un golpe se escucha arriba. Los tres nos paramos de un salto y miramos la escalera y nos miramos y miramos la escalera de nuevo. Él se pone a llorar de miedo y ella exclama ahogada. Pensamos en fantasmas y acá los tenemos. Se escucha otro ruido, como unas cadenas, la llama casi se extingue y los pasos en el techo, más fuertes. Aunque me digan tonto yo sé que todos tenemos fantasmas. Corremos, los tres a la puerta. Él no la puede abrir, a ver déjame a mí. ¡Está cerrada! El crujir de la escalera y algo baja, una sombra se asoma. Ella salta por la ventana y nosotros la seguimos. Un trueno hace temblar el piso y la tormenta no para. Corremos dos cuadras sin parar y decidimos ir a mi casa.
Se había roto el plan de esa noche, el de empezar a inventar algo para nuestra nueva banda, el de quedarse a dormir en mi casa; pero más me duele no haberla besado por culpa de ese fantasma. Desde la esquina de mi casa veo un patrullero y me preocupo. Cuando llegamos, mi abuelo me entra de la oreja. No me dijeron nada hasta que ellos se fueron, mi abuela no paraba de llorar. A él lo vino a buscar enseguida la madre y a ella la vino a buscar el padre un rato después. El policía fue el último en irse. Estaban todos muy preocupados porque ya era de noche y no volvíamos y eso que ninguno de los adultos cree en fantasmas. Igualmente mis abuelos entienden que fue un error infantil y me perdonan rápido, mi abuela no para de abrazarme. En la sopa les cuento mi aventura omitiendo los cigarrillos y no pueden disimular la risa. Les cuento de la chica que me gusta y les cuento sobre la casa abandonada. Ella es como ella, hermosa, misteriosa y llena de fantasmas. Seguro fueron gitanos, dice mi abuelo y mi abuela lo reta por el comentario.
No sé. No conozco ningún gitano pero le creo a mi abuelo. Más ahora que no creo en fantasmas. No sé quiénes son, ni que hacen. Nunca vi ninguno, y por las dudas no busco información. No vaya a ser cosa que existan. O que no existan. O que seamos nosotros como ellos, como los tres niños que entran en una casa abandonada para refugiarse de la lluvia y asustan a un gitano. No tardaré mucho en olvidarme de la aventura y sus detalles. Aquellos que hoy fueron niños mañana son extraños para mí. Me pienso sentado en el futuro, unos quince años después escribiendo esto. El piso tiembla, me encuentro hoy lejos de hoy, lejos de mis extraños y mis gitanos y estos días me harán extrañar.


11/7/15

El techo

A veces me encuentro atónito ante mi reflejo en el suelo. La irregularidad de los adoquines de Banfield, en esas callecitas cerradas a la luna, siempre acumula en charcos verdosos el agua de la llovizna otoñal.
Hacía dos años me había hostigado la necesidad de emplearme en cualquier rubro, y la señora de la pescadería de Maipú me contó sobre un puesto para ser vigilante como su marido. Alrededor del mediodía me postulé para aquel trabajo que ofrecía una empresa privada en Pavón y Rincón, a unas diez cuadras de casa, cruzando las vías.
Casa, bicicleta, adoquín, noche, garita, bicicleta y cama. Así pasaron dos años. Cuando rememoro este círculo de noches interminables me altero triste y me corre un escalofrío por el pecho. Hay algunas estaciones en algunos lugares, como el otoño en Banfield, que a uno le colman los sentidos con estupor. Las lloviznas, las brisas de aire caliente, la noche cerrada por los paraísos, lo estrecho, el mínimo detalle, combinaciones de la soledad; eran el brebaje de mis preguntas y mis respuestas.
El desmoronamiento de los sueños juveniles culminó el día en el que el doctor me dijo que no podría hacer más trabajos forzosos por culpa de mi corazón. Cuando pasé mi depresión inconsciente y lógica, sostenida por el desempleo y tapada por la banalidad de un barrio conurbano, con sus eventos y costumbres, tomé este nuevo trabajo como quien toma un amanecer. La noche y el tabaco eran buenos compañeros. Llegando a la hora en que agoniza el día y volviendo a casa para dormir cuando todos comienzan a despertar.
Pero pasaron dos años de lo mismo y ya no me podía acurrucar hablando del clima con algún vecino o escuchando fútbol en mi radio portátil. Si bien no leí filosofía y mis ideas nunca fueron muy elocuentes, algo en mí cambiaría. Imagínese el interés cultural de un electricista hijo de gallegos como yo. A cada jornada mi forma de ver el mundo se hacía más inteligente. La noche y la soledad, repito, fueron mis libros. Cuanto uno más piensa y menos escucha la radio o habla con la gente, la claridad y la confusión se tornan una sola parte de la realidad, se vuelven pavorosamente iguales. Los pobres no tenemos tiempo para pensar.
En estos días llegué a la conclusión que uno muere y no hay nada, hay lo mismo que uno sabe desde antes de nacer, pero hacia el futuro. Y el costado espeluznante de la inminencia del fin me abrazó con su sombra de nieblas. Claro que esto no es nada nuevo, claro que a todos les pasa en algún momento, de forma más o menos frecuente.
Los días en casa se iban en sueños y el miedo a la sensación fantástica de pensar en nada no me dejaba dormir bien. Porque antes de la muerte estaba el techo. El techo, ante lo desconocido en el oasis de la cama, se yergue frente a mí todos los días.  Sabe que estuvo ahí hace más de cien años y que no me deja cerrar los ojos y que yo no lo sabía. El centenario con su tiempo es consciente que nos cubre y al hacerlo se siente protector.  Parece que lo veo con su mugre y sus arañas, y él me observa con mi mugre y mis miserias. Yo, a veces, quisiera ser él.
Nunca pasa nada en las noches de Banfield, en ese barrio residencial. Yo era la seguridad de la nada y me sentía así de inútil. Pero la otra noche algo cambió y no tengo miedo que, al contarles esto, me tilden de loco; al fin y al cabo no escucho más los relatos de radio y no me preocupo demasiado por el clima. Ya soy distinto a ustedes.
Ese día no había hablado con nadie y la lluvia azotaba violentamente a la garita de costado. Las gotas golpeaban con fuerza en el vidrio. Me encontraba refugiado, me sentía acogido en mi encierro y decidí tomar un poco de licor, aunque no me lo permitían. No sé si fue el Cortázar que miraba desde el mural del paredón, un linyera loco que deambulaba por ahí o simplemente la voz de mi interior divino, pero las palabras que oí se escucharon fuertes y claras como desde un altavoz. No me asusté para nada, me pareció tan normal como el fútbol y tan cotidiano como el clima, como un trueno en la tormenta. No puedo recordar exactamente lo que dijo aunque el concepto se grabó en mi mente como una fotografía. Cuántas veces dijeron por ahí que la verdad es subjetiva. ¡Estupideces! Eso dicen los que no saben, los que no la oyeron. Estoy tranquilo y sereno, y la atonía frente a mi reflejo en los charquitos matutinos es lo que me trae paz. Si bien creía poder comprender el concepto de “la nada”, no estaba seguro de su cara positiva. La voz me explicó todo, me dejó tranquilo, me dijo que no me preocupara, que iba a ser vigilante eternamente. Que esas noches de cigarrillos y reflexiones en Banfield, no terminarían jamás. Yo sé la verdad, sé que puedo ser un gato negro, puedo ser la chica de la esquina o puedo ser el techo de mi casa.
De todas formas lo más fácil es ser simplemente yo, y nunca encontraré la muerte. Miro mi reflejo y entiendo hasta el último detalle. La respuesta siempre estuvo ahí, en ese verdín resbaloso.  Me doy cuenta que es difícil expresarlo con palabras y me preocupa que no me entiendan. La muerte irrumpirá algún día en sus cuartos, las veces con sufrimiento y mientras no lo sepan; desde su ignorancia se disponen a perecer. Yo, en cambio, lo puedo todo.

Van a creer que fanfarroneo, pero no importa, yo lo sé. Van a creer que deliro, pero no importa, yo lo sé. Y no hablo de lo que creo cierto y lo que no, hablo de la verdad y hablo de la ignorancia.

Algún tren a Capital

Estaría muerto o dormido. No lo sabría. Pensaría en una historia que estaría ocurriéndome con un rugido adamantino. Otrora estaría sentado, como de costumbre, en el tren que viajaría hacia la capital. Perdido en los ojos de quien tendría enfrente, ya habría pasado la pintura de Chaplin llorando o riendo, no lo recuerdo. Yo no estaría como ahora, conforme con toda mi existencia aunque cargando la hipocondría en mi espalda. Le regalaría poco a quien, como dije antes, tendría enfrente. Un hombre sucio, despeinado y vestido de harapos que miraría mi pecho con desprecio y mal humor. Impertérrito y sabiendo que mi ropa demuestra un lugar en la sociedad que me supe ganar, observaría taciturno cómo dicho señor intentaría descifrar las letras de mi corbata (o eso creería yo). Iríamos por City Bell cuando se me ocurriría romper el silencio de puro aburrimiento.
-¿Qué? -le preguntaría.
-Soy iletrado -respondería él con orgullo. Sería entonces simpática la respuesta y amable en mi tono de voz.
-Son solo letras, una “J” y una “R”. Las iniciales de mi nombre.
Él sólo asentaría con la cabeza y seguiría mirando como si estuviera memorizándolas. Yo me sentiría seguro de ser una persona indeseablemente vituperable, pero sentiría también que mi vida está llena de atajos y aventuras que el pobre hombre nunca tendría la dicha de conocer. <<No, no me dirán que soy una mala persona, porque todos nosotros tenemos de los pensamientos más morbosos y repudiables y les aclaro que estoy siendo sincero>> pensaría.
Como decía, me dirigiría hacia la capital, mi vida sería eso. Llevar, traer, acumular, estudiar y vender. Negocios y cenas. Una vida excitante con un pequeño gusto amargo que lo endulzaría con mujeres y licor.  Para nada aburrida, como pensaría que fuese la de mi congénere de tren. Quizás su máxima aspiración fuera conseguir un techo donde pasar la noche; y su completa satisfacción, un poco de sopa para el estómago.
Entonces haría una pregunta más. Tal vez la pregunta más importante de mi vida.
-¿En qué piensa? -(tres palabras)
-En todo. En el tren, en la capital, en su corbata, en usted, en la gente como usted – diría y continuaría. -¿Alguna vez pisó barro descalzo?
Yo no respondería, nunca me pararía firmemente con mi piel en el tiempo. Y el hombre seguiría.
-¿Alguna vez corrió bajo la lluvia para refugiarse al calor de una hermosa fogata? ¿Sintió el viento en su cara como un aliento traído por alguien que lo está esperando?
Negaría con la cabeza, quizás nunca habría comido algo tan delicioso como la sopa en la vida de este hipotético personaje.
-¿Alguna vez…?
Daría un tímido mentiroso. Ingenuo yo de que en realidad no estaría descifrando mi corbata sino mi alma. Tajante y finalmente concluiría.
-Usted está hecho de iniciales, como su corbata. –diría con una tristeza disconforme.

Sentados un rato nos miraríamos como cómplices de algo que ninguno de los dos estaría dispuesto a hablar. Luego el hombre desaparecería como por arte de magia y la gente no se daría cuenta de lo que había acabado de pasar. Y yo, quizás, viajaría de La Plata a Constitución una y otra vez, muerto o dormido. Para el caso es lo mismo.