Extrañando extraños
Envuelto en la dulce oscuridad de las sabanas siento insectos que suben
por mi cuerpo, miles de esos hermosos golpecitos de corriente corren por mi
corteza. Las hormigas trepan por los dedos de los pies. El viejo tiene la manía
de apretarme el dedo gordo del pie para despertarme, usando su fuerza de
boxeador, sus manos de albañil con la presión de una tenaza.
Voy embobado al baño y el perfume del mismo jabón de siempre me aliviana
el pegote de las manos veraniegas. Yo mismo encargué que compraran ese jabón,
porque el perfume es el que tiene el novio de la chica que me gusta. Se siente
su pulcritud desde lejos como si ese perfume llevara a su dueño a una necesidad
irrefutable de sentirlo limpio, como dando a entender que la vida que lleva es
híper organizada, con horarios preestablecidos para cada cosa, viviendo la vida
con coherencia, vigor y seguridad y sobre todo teniendo la confianza para tener
una vida social plena, todo lo contrario a mí.
Un poco más oxigenado me siento en el comedor y sí, la abuela dejo un
jugo de naranja exprimido antes de irse a comprar. Desayuno esperando que las
ideas calienten de a poco.
Sábado, temprano, muy temprano. Salgo a caminar hacia Adrogué, no se si
el destino luminoso y poco alcanzable me hace sentir así o si es el camino el
que llena mis pecho de vitalidad. Paso a buscar a un amigo que vive a la
vuelta, que también quería comprar algunas cosas. Mi abuelo me deja juntarme
con él porque él no es gitano. Mi abuelo dice muchas cosas de los gitanos que a
mí no me gusta oír. Dice que es un barrio de gitanos, pero yo nunca vi ninguno.
La mañana corre tímida de nubes y aunque me entusiasma muchísimo llegar a
destino, sobre todo para jugar a los fichines, disfruto cada paso como si no
fuera a repetirse jamás, de hecho no se repite jamás. En la casa de él sale la
madre despeinada y dormida y grita su nombre para llamarlo. Mi amigo sale
preparado como un boy scout con su
mochila y su pelo marcado de peine con raya al medio. Con un apretón de mano,
como si jugáramos a ser adultos, nos saludamos tímidamente y no perdemos tiempo
en comenzar a hablar del programa de TV que se estrenó anoche y que su madre no
lo deja ver. Le cuento la trama detalladamente y hasta tengo tiempo de inventar
algunas cosas y él me escucha apasionadamente. Luego la conversación se desvía,
justo cuando agarramos Amenedo, por ahí derecho, la próxima parada para
descansar son las vías. Vamos hablando de música que de eso él sabe más, ahora
yo lo escucho atentamente y memorizo las bandas que me nombra. Somos
coleccionistas de obras en todos los universos, o al menos así me gusta
pensarlo. El problema es que año tras año los universos se hacen más infinitos,
o al menos así me gusta creerlo.
En fin, primera parada, mi lugar favorito, una casa vieja al costado de
las vías, más abajo del nivel de la vereda, paredes casi negras de abandono. Hundida entre matorrales como queriendo pasar
inadvertida, y yo con un miedo especial hipnotizado sin poder dejar de mirarla.
La casa quiere desaparecer y mientras nosotros no la olvidemos no va a poder
hacerlo, él me dice que sigamos, que del otro lado de las vías ya no hay
gitanos, a su madre tampoco le gustan. Pero la casa se ve más triste desde
lejos. Ella con su arquitectura europea y colonial y yo alejándome, viéndome
también más triste y sabiendo muy poco de arquitectura.
Amenedo, las plantas brotan entre adoquín y adoquín y los árboles se
abrazan con los de enfrente como si hicieran fuerza por agarrarse y en ese
túnel de hojas, en el medio de la calle, un perro diagnostica lluvia. Dudamos
en seguir, dudamos en volver. El cielo se oscurece de nubes negras. Pienso que
menos mal que seguimos porque en diez años me voy a arrepentir. A lo lejos se
ve el cartel del lugar y las vidrieras nos entretienen por un buen rato, y
afuera gotea de a poco y las gotas hacen globitos en el piso y las vemos por
las ventanas de la cafetería, y las bolsas del supermercado vuelan en libertad
y un paraguas se da vuelta y mi abuela dice siempre que los globitos en el piso
son una señal, una señal de que la lluvia tiene para rato, quizá todo el día,
él se ríe del comentario y pregunta si mi abuela no será una gitana, y se ríe,
y pienso en la casa de las vías, no conozco a los gitanos.
De pronto un destello y luego el trueno, el piso tiembla. Ya no me gusta
el clima, no confieso mi miedo e imagino que de grande me va a encantar la lluvia.
Él sabe que me gusta una chica, de eso hablamos mientras volvemos, la
que tiene novio, la que va al colegio privado en Adrogué, me recuerda él con un
malicioso énfasis. Apuramos el paso y nos vamos humedeciendo. Él saca de la
mochila una campera impermeable y con capucha y se la pone y yo lo envidio por
su acertada premonición.
Caminamos unas cuadras callados contemplando las calles vacías, me
siento confundido entre mis pensamientos de amor y odio hacia mi amigo. Por
ahora los arboles nos cubren pero sabemos que más adelante, cruzando las vías,
donde las casas son muchísimo menos ostentosas ya no habrá techo y, como viene
la mano, parece que la lluvia será más hostil como un fortuito castigo hacia
nosotros, los pobres de la ciudad.
Justo en medio de una divertida conversación sobre formar una banda,
seguida por la charla sobre un exitoso proyecto a futuro que en realidad no es
más que un feliz sueño de unos tontos niños caminando sobre la lluvia de
Adrogué acercándose lentamente al barrio de los gitanos, donde hasta ganábamos
un premio y tocábamos en un MTV unplugged,
veo a la chica que me gusta sentada en una entrada de una casa en la vereda del
frente refugiándose del agua con la mochila entre las piernas. Continúo
hablando, intentando no cambiar el tono de mi voz, caminando más rápido y
rogando que no nos vea. Mi amigo me mira como queriendo interrumpirme y yo
muevo la cabeza como dando la orden de que siga caminando disimuladamente.
Estamos por lograrlo, estamos por llegar a la esquina pero no. Ella nos llama
con su voz angelical, chicos, chicos, repite incansablemente. No queda más
remedio que darnos vuelta e ir a su encuentro. Él se me adelanta y ella lo
saluda primero, es claro que no se acuerda nuestros nombres y que nos llamó
porque estaba aburrida. Nos cuenta que está esperando que la pase a buscar su
padre, que esa era la casa de su abuela y que ella se fue y se tuvo que llevar
las llaves y por eso esperaba en la puerta. Nosotros la escuchábamos con la más
tímida e incómoda atención. La conozco desde los siete años de edad y creo que
es la segunda vez que hablamos. Por suerte ella no deja de hablar y no nos da
lugar a cargar, en nuestro historial autoflagelante de niños acomplejados, con
un silencio incómodo. Pasado un rato nos comenta que tiene mucho frio, que no
se abrigó bien y que no parecía que iría a llover tanto. Me sube un calor de
furia vergonzosa al ver como él le ofrece caballerosamente su campera y aún más
fuerte es el calor cuando ella la acepta. Les comento, solo para hablar de
algo, que podríamos seguir caminando hasta cruzar las vías y, así, guarecernos
mejor en la entrada de la casa abandonada. A pesar de que mi intención es que
pase como una mala idea, la reciben con entusiasmo, como un divertido desafío
para pasar esa tarde aburrida y lluviosa.
Luego de deliberar un rato nos encontramos en la puerta de la casa
abandonada. Intento disimular los chuchos de frio al sentir la nuca empapada,
me siento en la escalinata de madera que sube hacia la entrada y miro la lluvia
rebotar en el barro con cierta tristeza, ya sin saber que decir y cansado de
simular ser una persona interesante. La siguiente conversación se da con más soltura
y puedo notar que ella intenta que yo participe más, contándome directamente a
los ojos de sus cosas y preguntándome sobre las mías. Se me ocurre hablar de la
casa abandonada, del respeto y fascinación que le tengo y de lo mucho que
quisiera reconstruirla. Ella es hermosa, digo y me ruborizo automáticamente. Entonces
entremos, me dice ella a modo de chiste. Entrá vos primero, dice él desafiante
como para hacerme quedar como un cobarde. Trago saliva y me animo, la puerta
está cerrada. Andá por la ventana del costado, dice él obstinado con una mueca
en los labios. Ahora sí me hizo enojar, por suerte el porche es amplio y ya no
nos mojamos, pero no sé si es el miedo o el frío el que no me deja disimular el
temblequeo de mis piernas. No hace falta, era una broma, dice ella. No, no,
déjalo, dice él. En la ventana lateral hay un vidrio roto y por ahí meto la
mano y puedo abrir la ventana que hace un ruido escalofriante. Cuidado con los
fantasmas, insiste él. Cuando estoy por entrar retumba un trueno y doy un paso
atrás. Ella pega un grito de susto y yo la miro con pena, aunque más pena
siento de mí. Por fin logro entrar y las pupilas tardan un rato en
acostumbrarse a semejante oscuridad. Contemplo incrédulo la majestuosidad de la
gran sala vacía, la madera mohosa, las terminaciones de mármol y el crujiente
parqué. En realidad estaba casi vacía, había un tacho de metal en el centro y
una escalera al costado.
Les digo que entren y que podemos hacer un fuego en el tacho lleno de
ramas, dando a entender lo valiente que soy. Ojala tuviéramos un encendedor,
digo con tristeza. Yo tengo me dice ella, ¿vos fumás? le pregunto yo, obvio, me
contesta enojada. Seguro por el novio
dice él casi en mi oído sin que ella escuche. Mientras ella discute con él para
que le diga qué me dijo, yo con una pose de adulto prendo fuego las ramas del
tacho que agarran más rápido de lo que pensé. ¿De quién será esto? pregunto y
él me contesta que de algún gitano pobre, pero yo lo dudo porque mi abuelo dice
que tienen plata, pero cómo voy a saber si yo nunca vi a uno, no los conozco.
Charlamos de muchas cosas y esperamos a que ella seque sus cigarrillos
en el calor del fuego, con una prolijidad muy femenina. Ella se prende el
primero y él le rechaza una pitada. Yo en cambio no sé qué hacer, y ante la
duda siempre digo que sí. Ella se me sienta al lado ahora, muy pegada a mí. Su
pierna toca la mía, puedo sentir la humedad de su pollera escocesa que me pica
y me da calor y me hace sentir en un sueño de jabón con olor a perfección, a
seguridad. Pero me acuerdo de su novio y me desanimo, pero ella me toma del
mentón y me pone el cigarrillo en la boca. Doy una pitada y comienzo a toser, y
ella se echa para atrás, se acuesta en el piso riéndose exageradamente. Yo me
pongo colorado y él dice: ¡besala tonto! La miro y me mira, me acerco a su boca
y cierra los ojos, pienso en que no puedo creer que esté por besarla. A escasos
centímetros de su boca se rompe el hechizo, cuando un golpe se escucha arriba.
Los tres nos paramos de un salto y miramos la escalera y nos miramos y miramos
la escalera de nuevo. Él se pone a llorar de miedo y ella exclama ahogada.
Pensamos en fantasmas y acá los tenemos. Se escucha otro ruido, como unas
cadenas, la llama casi se extingue y los pasos en el techo, más fuertes. Aunque
me digan tonto yo sé que todos tenemos fantasmas. Corremos, los tres a la
puerta. Él no la puede abrir, a ver déjame a mí. ¡Está cerrada! El crujir de la
escalera y algo baja, una sombra se asoma. Ella salta por la ventana y nosotros
la seguimos. Un trueno hace temblar el piso y la tormenta no para. Corremos dos
cuadras sin parar y decidimos ir a mi casa.
Se había roto el plan de esa noche, el de empezar a inventar algo para
nuestra nueva banda, el de quedarse a dormir en mi casa; pero más me duele no
haberla besado por culpa de ese fantasma. Desde la esquina de mi casa veo un
patrullero y me preocupo. Cuando llegamos, mi abuelo me entra de la oreja. No
me dijeron nada hasta que ellos se fueron, mi abuela no paraba de llorar. A él
lo vino a buscar enseguida la madre y a ella la vino a buscar el padre un rato
después. El policía fue el último en irse. Estaban todos muy preocupados porque
ya era de noche y no volvíamos y eso que ninguno de los adultos cree en
fantasmas. Igualmente mis abuelos entienden que fue un error infantil y me
perdonan rápido, mi abuela no para de abrazarme. En la sopa les cuento mi
aventura omitiendo los cigarrillos y no pueden disimular la risa. Les cuento de
la chica que me gusta y les cuento sobre la casa abandonada. Ella es como ella,
hermosa, misteriosa y llena de fantasmas. Seguro fueron gitanos, dice mi abuelo
y mi abuela lo reta por el comentario.
No sé. No conozco ningún gitano pero le creo a mi abuelo. Más ahora que
no creo en fantasmas. No sé quiénes son, ni que hacen. Nunca vi ninguno, y por
las dudas no busco información. No vaya a ser cosa que existan. O que no
existan. O que seamos nosotros como ellos, como los tres niños que entran en
una casa abandonada para refugiarse de la lluvia y asustan a un gitano. No
tardaré mucho en olvidarme de la aventura y sus detalles. Aquellos que hoy
fueron niños mañana son extraños para mí. Me pienso sentado en el futuro, unos quince
años después escribiendo esto. El piso tiembla, me encuentro hoy lejos de hoy,
lejos de mis extraños y mis gitanos y estos días me harán extrañar.