Estaría muerto o dormido. No lo sabría.
Pensaría en una historia que estaría ocurriéndome con un rugido adamantino. Otrora
estaría sentado, como de costumbre, en el tren que viajaría hacia la capital.
Perdido en los ojos de quien tendría enfrente, ya habría pasado la pintura de
Chaplin llorando o riendo, no lo recuerdo. Yo no estaría como ahora, conforme
con toda mi existencia aunque cargando la hipocondría en mi espalda. Le
regalaría poco a quien, como dije antes, tendría enfrente. Un hombre sucio,
despeinado y vestido de harapos que miraría mi pecho con desprecio y mal humor.
Impertérrito y sabiendo que mi ropa demuestra un lugar en la sociedad que me
supe ganar, observaría taciturno cómo dicho señor intentaría descifrar las
letras de mi corbata (o eso creería yo). Iríamos por City Bell cuando se me
ocurriría romper el silencio de puro aburrimiento.
-¿Qué? -le preguntaría.
-Soy iletrado -respondería él con
orgullo. Sería entonces simpática la respuesta y amable en mi tono de voz.
-Son solo letras, una “J” y una “R”.
Las iniciales de mi nombre.
Él sólo asentaría con la cabeza y
seguiría mirando como si estuviera memorizándolas. Yo me sentiría seguro de ser
una persona indeseablemente vituperable, pero sentiría también que mi vida está
llena de atajos y aventuras que el pobre hombre nunca tendría la dicha de
conocer. <<No, no me dirán que soy una mala persona, porque todos
nosotros tenemos de los pensamientos más morbosos y repudiables y les aclaro
que estoy siendo sincero>> pensaría.
Como decía, me dirigiría hacia la
capital, mi vida sería eso. Llevar, traer, acumular, estudiar y vender.
Negocios y cenas. Una vida excitante con un pequeño gusto amargo que lo
endulzaría con mujeres y licor. Para
nada aburrida, como pensaría que fuese la de mi congénere de tren. Quizás su
máxima aspiración fuera conseguir un techo donde pasar la noche; y su completa
satisfacción, un poco de sopa para el estómago.
Entonces haría una pregunta más.
Tal vez la pregunta más importante de mi vida.
-¿En qué piensa? -(tres palabras)
-En todo. En el tren, en la
capital, en su corbata, en usted, en la gente como usted – diría y continuaría.
-¿Alguna vez pisó barro descalzo?
Yo no respondería, nunca me pararía
firmemente con mi piel en el tiempo. Y el hombre seguiría.
-¿Alguna vez corrió bajo la lluvia
para refugiarse al calor de una hermosa fogata? ¿Sintió el viento en su cara
como un aliento traído por alguien que lo está esperando?
Negaría con la cabeza, quizás nunca
habría comido algo tan delicioso como la sopa en la vida de este hipotético
personaje.
-¿Alguna vez…?
Daría un tímido sí mentiroso. Ingenuo yo de que en
realidad no estaría descifrando mi corbata sino mi alma. Tajante y finalmente
concluiría.
-Usted está hecho de iniciales,
como su corbata. –diría con una tristeza disconforme.
Sentados un rato nos miraríamos
como cómplices de algo que ninguno de los dos estaría dispuesto a hablar. Luego
el hombre desaparecería como por arte de magia y la gente no se daría cuenta de
lo que había acabado de pasar. Y yo, quizás, viajaría de La Plata a
Constitución una y otra vez, muerto o dormido. Para el caso es lo mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario