Una mañana, muy temprano o muy tarde, un pequeño libro se deshizo junto
al insomnio como ceniza entre mis dedos, era un clásico, afirmaba que “lo
esencial es invisible a los ojos”. Y aunque a muchos les cueste creerme, lo leí
vergonzosamente por primera vez esa misma madrugada. ¡Esa misma madrugada!
Cuando la agonía de aquel que guardaba historias antiguas, mitad mentiras mitad
verdades, estaba terminando. Hasta a mí me cuesta creerlo. Todos esos cuentos
perdidos que nos han llegado alguna vez desde su boca, cuentos que nunca fueron
leídos, contados, recordados, inventados. Fantasmas que fluían en la densidad
de los nicotinados bigotes, historias atrapantes en el cómico arrastrar de las
palabras, pausas, perfectas comas y puntos de vino tinto. Anécdotas
minimalistas embellecedoras del mundo, tristes ahora. Dudosos cuentos de amor,
de estupidez humana, de revolución comunista. Mentiras que revelaban verdaderas
sensaciones, el olor a café de algún mugroso bar de San Telmo, el humo del
habano prendido y apagado incontables veces, la textura de un fuelle de acordeón
en la ciudad de los sombreros. Y por otro lado, eran como un cuadro hermoso de
un bosque verde oliva, un poco de tierra colorada mezclada entre las
antigüedades a la venta, un pedacito de Iguazú, un pacífico rio transparente y
el sol acogedor, fuera de foco por el rocío y la humedad, por la garúa. Era
misterioso, lleno de arte, de ideas. Un libro amado que se esfumó celoso de los
otros, como incendiado. Consciente al desvanecerse en el aire con el timbre de
una voz spinetteana y con la solemne
delicadeza del pequeño príncipe.
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