15/7/15

A Juan Antonio Rodríguez

Una mañana, muy temprano o muy tarde, un pequeño libro se deshizo junto al insomnio como ceniza entre mis dedos, era un clásico, afirmaba que “lo esencial es invisible a los ojos”. Y aunque a muchos les cueste creerme, lo leí vergonzosamente por primera vez esa misma madrugada. ¡Esa misma madrugada! Cuando la agonía de aquel que guardaba historias antiguas, mitad mentiras mitad verdades, estaba terminando. Hasta a mí me cuesta creerlo. Todos esos cuentos perdidos que nos han llegado alguna vez desde su boca, cuentos que nunca fueron leídos, contados, recordados, inventados. Fantasmas que fluían en la densidad de los nicotinados bigotes, historias atrapantes en el cómico arrastrar de las palabras, pausas, perfectas comas y puntos de vino tinto. Anécdotas minimalistas embellecedoras del mundo, tristes ahora. Dudosos cuentos de amor, de estupidez humana, de revolución comunista. Mentiras que revelaban verdaderas sensaciones, el olor a café de algún mugroso bar de San Telmo, el humo del habano prendido y apagado incontables veces, la textura de un fuelle de acordeón en la ciudad de los sombreros. Y por otro lado, eran como un cuadro hermoso de un bosque verde oliva, un poco de tierra colorada mezclada entre las antigüedades a la venta, un pedacito de Iguazú, un pacífico rio transparente y el sol acogedor, fuera de foco por el rocío y la humedad, por la garúa. Era misterioso, lleno de arte, de ideas. Un libro amado que se esfumó celoso de los otros, como incendiado. Consciente al desvanecerse en el aire con el timbre de una voz spinetteana y con la solemne delicadeza del pequeño príncipe.

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