Dres. del Centro Psicológico Boedo.
Podría hacer un extenso listado de las cosas que me dan miedo o empezar dividiéndolas en grandes grupos; uno para los insectos con patas, otro para los accidentes domésticos, otro para la gente bien vestida, otro para las enfermedades del estómago, etcétera; mas no viene al caso. Entre los miedos más grandes y comunes, y creo que vamos a coincidir, se encuentra el de viajar en tren. Debo reconocer que tengo un problema a la hora de viajar, pero el problema no es precisamente viajar, sino el medio de transporte. Es habitual en mí, cerrar con fuerzas los ojos en cada esquina que cruzo arriba de un vehículo, sea un taxi o un colectivo. Ese miedo, que corre como un viento frío desde las entrañas, me hace apretar los puños y cruzar los brazos sobre mi cuerpo. Lo siento y lo veo como un ser latente, visualizo el momento del impacto en esa peligrosa esquina. Aunque no quiera sé que chocar, descarrilar o explotar es una propiedad intrínseca de los vehículos modernos. Si bien pocas veces pude animarme a andar en moto, y a los aviones y a los barcos (quienes merecerían un párrafo aparte) nunca los he probado; debo decir que actualmente mi mayor miedo son los trenes. Prefiero mil veces desafiar la estadística eligiendo un auto, a tener que subirme a esos gusanos metálicos que corren por sus vías ansiosos de volcar o desprenderse. Lamentablemente, más o menos una vez al mes tengo que viajar en subte, el peor de los trenes. Con solo oler la grasa maquinaria y sentir el calor sofocante de las cuevas por donde transitan, se me eriza la piel. Justamente ayer estaba bajando por las escaleras y veía a la multitud preocupada por sus cosas, con sus auriculares puestos y sus diarios en sus respectivas axilas. Disfruto mucho la música pero nunca pude usar auriculares en la calle, siento que me persiguen o que me llaman. Tampoco voy mal vestido porque me preocupa lo que piensen de mí. Bajé al andén donde había una formación estacionada con las puertas cerradas y el otro carril vacío esperando la llegada de otro tren ¿Qué pasaría si por alguna equivocación llegara el tren donde estaba el otro estacionado? Me senté en la mitad del pasillo al lado de alguien al que no me atreví a mirar. Ese alguien tenía una mochila entre los pies, leía un libro y, al verme, enroscó con el pie la correa de su mochila por miedo a que se la robe. Me empecé a preocupar ¿Estaría muy mal vestido esta vez? ¿Parezco un ladrón? Tampoco me visto muy bien, por miedo a que me quieran robar. Me enojé un poco, no me gusta que la gente se sienta así de perseguida. Las puertas del tren estacionado se abrieron y elegí sentarme justo al lado del freno de emergencia y en un vagón central, no muy adelante por si choca de frente y no muy atrás para tener menos probabilidades de que se desprenda del resto de la formación. Subí y subieron pocos, ya que era domingo. Intenté relajarme, respirar y que no me acosen esos ruidos extraños que vienen de los túneles, ruidos inexplicables y mecánicos. Nunca miro esos túneles, parecen chillar como mazmorras medievales infestadas de monstruos desconocidos. Cuando estaba distraído en mis pensamientos, llegó otro tren por la otra vía, abrió sus puertas y una voz dijo algo inentendible. La gente se subió al otro tren, el mío cerró sus puertas y me quedé encerrado. Empecé a gritar y a hacer señas. El otro tren se fue y nadie vino. La claustrofobia empezó a castigarme y no pude hacer más que abrir la ventana enrejada y sacar un poco la nariz para que el oxígeno me reanimara. Sé que tengo problemas y que es difícil tratar las fobias, pero ya es la una de la madrugada del lunes y estoy en el tercer vagón de la formación UM31 en la estación Bolívar de la línea E. Les pido encarecidamente, si son tan amables, que vengan a calmar esta sensación aterradora.
Atentamente…
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