La realidad,
tan ligada al yo, tan fuerte como sensitiva, tan débil como abstracta. Decir
“Real” y decir “Algo” es igual, es peligroso para quienes han abierto los ojos,
es inútil para quienes no los necesitan. El ser humano tiene grandes sentidos
para percibir la realidad y una magnífica habilidad para ignorarla. Hay tantas
realidades como unos y como uno cambia, la realidad metamorfosea a la par.
Un cerdo no
vuela, nos dicen, y desde la fastuosa vajilla de oro de donde se alimenta,
desde su asquerosa billetera la realidad viaja electrónicamente de una tarjeta
por un cable hacia una gran ciudad al norte y sigue su curso en forma de ondas
fuera de la atmósfera para volver a la tierra en otro lugar y casi al mismo
tiempo alimenta a otro cerdo y su realidad no voladora. Ahora, en un pueblito
al sur, otro impulso parecido ha de sonar en un despertador trayendo a su dueño
de vuelta a la tranquila y lenta realidad de su rutina.
Se abre una
ventana y la silueta de un hombre robusto permanece estática. De fondo, una
habitación saturada por la luminancia del sol radiante y matutino en una
espléndida mañana de primavera. Poco a poco el hombre estira los miembros, la
cabeza y todo el cuerpo, es muy temprano y tras dos o tres flexiones de brazos se
dispone a tomar un vaso de leche descremada en la cocina de la hermosa casita
rural. Se pone una musculosa y una vincha sudadera y sin cambiarse los
pantalones del pijama sale a trotar (y trabajar un poco sus cuádriceps, gemelos
y vaya a saber cuántos músculos más) no sin antes darle un beso en la frente a
su niño que duerme en su recamara. En el recorrido sonríe a la poca gente que
se cruza, se detiene a olfatear el perfume de una hermosa flor y saluda a una
anciana con una reverencia y le quita el cigarro de la boca con un gesto
estúpidamente amoroso. Ya a media mañana regresa a su hogar, se da un baño y,
ahora sí, se dispone a desayunar como dios manda. El desayuno, precedido por
una oración Católica Apostólica Romana, contiene harinas, cereales, lácteos y
frutas. Pero justo en el momento del primer bocado una fuerte brisa entra por
la ventana, los colores primaverales se oscurecen, un nube gris se asoma
tímidamente por la chimenea y con el pan con mermelada de frutilla en la mano,
el hombre se aprieta fuertemente el pecho, se mancha la musculosa, se le
detiene el corazón y termina su saludable mañana con la cabeza en el plato de
cereal y leche. Ahora la silueta del niño permanece inmóvil y confundida en el
fondo del espantoso cuadro, casi imperceptible ante los ojos sin corazón y
pesada como un témpano de hielo ante el artista que no se atreve a pintar
semejante obra.
El nuevo niño
huérfano tras un largo viaje en tren llega a la gran ciudad, a hospedarse con
su abuela, su única pariente.
***
Imagen tras
imagen. Muy bien podría haber cambiado de historia, de cara. Otra vez repetía
la publicidad donde iluminaba la televisión con el brillo de la ciudad
cambiante. Brillo que no daba lugar a la imaginación, aquel que se filtraba por
la persiana del balcón francés era el mismo y desconcertante que se concentraba
y expandía como una explosión en la sala de estar, como un vórtice ante los
ojos grises de la abuela tejiendo. Miraba la televisión con la cara ausente,
como cualquier otra, con más o menos pliegues. La mueca que cambiaba era la de
millones de personas absortas como la abuela ante la luz. Así, del cuarto
oscuro hasta las miradas brillantes de azules virtuales, la abuela tejía. Punto
santaclara en las manos, ensueño vacío de pullover, y las caras de la
publicidad. En el fondo, el cuarto de baño. Milton ya era un joven
crecido, tardío en hormonas y un poco gordo. Estaba sentado cómodamente y la
puerta con llave lo separaba de aquellas hermosas imágenes que miraba la
abuela. Solo llegaban los jingles que por una o dos notas podía distinguir
perfectamente y lo ayudaban a concentrarse. El cuarto de baño era pequeño, pero
con la mano en la entrepierna lo podía expandir increíblemente. Tan simple, con
los pantalones bajos, sentado, cerraba los ojos con fuerza y pensaba en las
publicidades. Pensaba en la cara de aquella mujer que hablaba verborrágicamente
de lo bien que el champú le dejaba el cabello o en la otra mujer que le servía
gaseosa a su esposo perfecto, a sus hijos ejemplares, al perro ideal. No quería
desconcentrarse mas en el fondo sentía que él estaba arruinándolo todo,
penetrando en esa escena con una obscenidad repulsiva. Las caricias
aumentaban el paso tribal, automático como el tejer, veloces como las luces de
la ciudad, como el progreso; pero tan primarias y tan humanas. Las caras
cambiaban: la muchacha, la señora, la otra mujer. Todas cómplices sin saberlo
del acto liberador del joven Milton. A punto de culminar el solitario
espectáculo, la abuela. La abuela, que como un fantasma dejó a un lado su
no-pullover caminando despacio hasta la puerta con llave, se hizo presente
entre las caras de la imaginación con dos golpecitos.
-¿Estás bien,
querido?- dijo la voz gangosa, que mostrando un titubeo de no haber hablado por
horas casi sin pausa continuó: -¿Vas al súper a comprarme unas cositas?
Nunca el final
había tenido tan perverso sentido como su nombre lo indica, un escalofrío de
vómito recorrió la espalda de Milton y contestó gritando con cínica vehemencia.
–Sí, ya salgo.
Me lavaba los dientes.
Era viernes, se
hacía de noche y estaba muy caluroso. Milton esperaba en la fila del
supermercado y no llegaba a divisar la caja. Inhaló profundo y se perdió en las
luces del techo. Se llenaba de emoción y, con un susurro de alegría que
recorría su cuerpo entero al pronosticar su futuro inmediato, se encontró a sí
mismo y a su hermosa vida. Era viernes y se hacía de noche. Parecía no faltar
ni un solo joven que no viviera con extrema velocidad en esta ciudad. Todos en
la fila de la misma caja del mismo supermercado, repletos sus carros de
alcoholes multicolores. Ropa más oscura que la de Milton, peinados más
prolijos, estética plástica pero sincera. No había más que eso. Hablaban
desenfrenados del mejor alcohol, del mejor auto, del más moderno celular, del
mejor electro-reggaetón y del mejor sitio para ir a bailar. Y Milton de
entrecasa, Milton despeinado y transpirado; pero feliz porque era viernes,
hacía calor y la noche lo esperaba. Por eso no advirtió a los demás jóvenes
recién bañados y sonrió al volver la vista hacia su carrito lleno. Al ser
viernes, como todos los viernes, podría trasnochar frente a la computadora para
jugar, comer papas fritas, tomar Coca-Cola y ser feliz.
Mientras los
jóvenes alegres se agrupaban como lobos en las esquinas de la vuelta a casa,
Milton preparaba todo para su especial evento nocturno. La abuela había tomado
su té de hierbas que apestaba el ambiente y ya se había ido a acostar, era
tarde para cenar pero temprano para lo que vendría. El vaso a la izquierda del
teclado, el mouse a la derecha, colocados celosamente los auriculares y
el juego cargando. Milton estaba sumamente alerta ante la palabra “loading…”
que titilaba en el monitor, daba golpecitos nerviosos con el dedo en el mouse
y cada tanto se concentraba en delinear con la mirada el contorno de la
tipografía del nombre del juego. “MONOMYTH XI: The Hayek Extinction” era un
juego de rol en línea de aventura épica y fantástica al que le dedicaba
cantidades enormes de tiempo. Todo circundaba entre las fronteras de la
normalidad cuando sonó el teléfono, justo en el preciso momento en el que el
juego había terminado de cargar y ya se disponía apto para ser jugado con la
cámara detrás del personaje. Milton miró de reojo y con fastidio hacia la
habitación de la abuela que dormía profundamente con el estruendoso ronquido de
una fumadora de toda la vida. Golpeó con violenta fuerza la tecla “pausa”,
se incorporó protestando y se dio media vuelta hacia el teléfono que no paraba
de sonar. Los auriculares se desconectaron de un tirón al no habérselos sacado
y los revoleó con odio hacia su asiento.
-Hable -ordenó
con sequedad.
-Hola. ¿Quién
habla?- con aires de confusión contestaron del otro lado (si se podía llamar a
eso una contestación).
-Soy Milton,
¿quién es?- dijo tragándose el hecho de que pensaba que el que llamaba debía
presentarse primero.
-Hola Milton,
habla rabino García. Seguramente no te acordás de mí pero le arreglaste la
computadora a mi hija hace como tres años que vive a cuatro cuadras de…
-¿Qué quiere?- lo
interrumpió y luego de un silencio incómodo cambió el tono y siguió
amablemente.
-Mi abuela está
durmiendo.
-Sí, disculpame
que llame a esta hora pero no quería olvidarme, necesitaba hablar con vos, no
con tu abuela. A tu abuela la veo por lo menos dos veces por mes en la
sinagoga, además con ella formamos un grupo de…
-¿Por qué
quería hablar conmigo?- interrumpió de nuevo pero esta vez de la forma más
cordial posible. Realmente no le importaba el rabino García, ni su hija, ni la
computadora de su hija, ni el hecho de que su familia materna era judía y de
que su abuela le hablaba cosas malas de la religión de su padre, tampoco le
importaba el teléfono, ni la religión, ni dios. Solo pensaba en el juego.
-No, quería
comentarte que yo conozco a un muchacho que trabaja en una empresa de
programación y necesitan gente, están haciendo entrevistas, entonces le hablé
de vos, no necesitas curriculum porque tu abuela siempre me cuenta que estás
con eso y… ella, en realidad, está un poquito preocupada por vos porque…
-No rabí,
gracias, yo estoy bien. -dijo y colgó, y esta vez se olvidó de cualquier cuota
de amabilidad.
Llamada a la
aventura. Hacía ya una hora y media que jugaba, estaba recolectando provisiones
y cuidando el ganado. Vivía en una cueva alejada de la ciudad y estaba en plan
de juntar oro para comprar un caballo que le había ofrecido un viejito ciego
cerca del bosque del puente. Un caballo negro y veloz. Cuando de pronto un
cartel lo invitaba a reunirse con un grupo de personas para comenzar una
aventura recompensada. Sintió que no estaba lo suficientemente armado para
aceptar y se acordó del rabino de la abuela. Tendría que rechazar dos veces una
propuesta durante la misma noche. Dejó a un lado la invitación pero no la rechazó,
y con la máxima tranquilidad que podía alcanzar continuó jugando libre en el
mundo virtual sin más que conseguir objetos mejores para ser mejor, objetos más
caros para ser mejor. Cómodo en su cueva, en la silla, yendo y viniendo por los
lugares conocidos y permaneciendo inmóvil en el cuarto tan alejado de él. Cada
tanto yendo al baño con una sensación de ansiedad, al alejarse de su juego,
representadas por un cosquilleo en el estómago y un escalofrío de cuerpo
entero, con ganas incontrolables de volver. Y siempre, aunque tranquilo, con la
basurita en el rabillo del ojo que era la invitación sin rechazar de los amigos
aventureros en una esquina de la pantalla. Un gusto a frustración le recorría
la boca, el cuello y la espalda cuando, en el fondo, advertía que no era lo tan
feliz que podía ser esa noche y a medida que el sueño crecía. Hacía media hora
que se había sacado los pantalones, así que no tuvo más que acostarse dentro de
las sábanas para dormir.
Ese mismo
sábado pudo deducir que era mediodía, como temprano, por el sonido del exterior
y, sobre todo, por la luz solar que le volvía rojos los párpados cerrados.
Escuchó desde la cama que en la cocina había gente y pensó que la abuela había
invitado a almorzar a alguna de sus amigas, pero no. Hacía un calor intenso y
la voz de un hombre se escuchó, un sonido grave que le vibraba en el cuerpo.
<<No es una ocasión común>> se dijo murmurando. Se incorporó de un
solo movimiento y sintió un fuerte dolor de cabeza y la boca seca. No había de
qué preocuparse ya que con la ciencia tan avanzada de aquellos tiempos
cualquier fármaco podía solucionar el problema. <<¡Qué maravilla!>>
pensó. Disimuladamente se dirigió al baño con la espalda sobre las paredes como
una sombra, y con la vergüenza (que no aceptaría conscientemente) de que lo
descubran recién levantado, sudado, de poca ropa y gordo. Y mucho peor si había
un extraño en la cocina.
Mientras se
acicalaba sentía la voz del hombre como una espesa sopa difícil de tragar, como
un dolor de la infancia. Pero en esa misma voz había algo de confort como una
caricia firme que lo llamaba. Se acordó de su padre por una fracción de segundo
y se olvidó de ello voluntariamente.
-Milton -se
escuchó la llamada de la abuela como un cantito separado en sílabas, y otra
vez.
-Mil… ton… vení
que vino el rabino y quiere hablar con vos, vení a saludar -la voz de la abuela
era un chillido amoroso al que Milton estaba acostumbrado a suprimir, de una
afonía encantadora, la abuela siempre gritaba sin gritar.
Milton no tenía
nada en contra del rabino, ni de la religión, ni del hecho de que se juntaban
para hablar mal de la gente con una suspicacia fascinante, con una amabilidad
destrozadora que los volvía increíblemente bondadosos. Pero sí lo molestaba el
hecho de tener el compromiso de ir a saludar, de hablar por compromiso y de
tener que decir “no” con el compromiso de moldear y deformar las palabras para
sonar como ellos: increíblemente bondadosos. De hacer el esfuerzo sobrehumano
neuronal de buscar argumentos válidos y amables al mismo tiempo.
Apenas abrió la
puerta la abuela le encajó un café con leche bien cargado y, luego de un
cordial saludo, el rabino García empezó a hacer lo que más le gustaba, hablar.
-Milton
querido. Querido Milton, acá con la abuela estábamos discutiendo algunos puntos
de vista sobre la vida muy poco interesantes para un joven de hoy en día como
vos. Nosotros que vimos crecer la tecnología a pasos agigantados, pero en
nuestras venas corren los primeros servicios de internet. En cambio ustedes
maman ese mundo como propio y se les da tan bien adaptarse a lo nuevo que nos
dejan como dinosaurios con suerte. Pero es bueno, es bueno lo que hace feliz.
Igualmente mi sobrina, que tiene tu edad más o menos, está un poco obsesionada
y quizás no sea esa la palabra, pero pasa mucho tiempo en la computadora, no es
algo de juzgar, más bien lo bueno es prevenir. En mis tiempos mirábamos la televisión
para descansar un poco de ese mundo virtual que a su vez los enriquece,
dependiendo el uso que le den, claro. Por ejemplo, la página de la sinagoga es
hermosa, y doy gracias al espacio publicitario que nos ayuda a mantenerla… Me
estoy yendo por las ramas…
Milton levantó
la vista de su taza y lo miró, no se atrevía a contestarle y no lo quería
interrumpir, de todas formas tampoco sentía las energías para hacerlo. De
alguna manera le interesa lo que le estaba diciendo y de otra, lo pensaba como
algo que él ya sabía y no necesitaba oír. Pero lo siguió escuchando
atentamente.
-...bueno, le
comentaba a tu abuela que Pablo, un moishe amigo, trabaja en un empresa de
programación. No me acuerdo el nombre pero es conocida. Tampoco me acuerdo el
apellido de Pablo, le dicen Paul. Paul… no me acuerdo, no importa, ya me va a
salir. A este muchacho lo conozco porque nos vino a dar soporte en la red de la
sinagoga y ayudó a unos ingenieros a resolver un problema de cableados o no sé
qué. Uno de los ingenieros era mi hermano mayor Miguel y él es más amigo de
Paul… Coleman. Paul Coleman. Me acordé.
>>Mirá
Milton, es fácil, yo no hablé mucho de esto con tu abuela pero el lunes
temprano, a partir de las ocho de la mañana te tomás el subte en La Plata
para el lado del centro, hacé combinación con la línea C en Independencia
y te bajás en Lavalle. Justo en esa esquina está la empresa que ya
me voy a acordar el nombre, entrás y seguro te va a atender una bonita
recepcionista y le preguntas por Pablo Coleman. Y cuando hables con él te va a
tomar unas pruebas de programación básicas y listo. Él va a ser tu superior
inmediato, además es una empresa muy buena y grande. Te dan muchas facilidades
y un buen sueldo, varias tarjetas de crédito y vos sos libre de manejar tu
trabajo como quieras. Son extremadamente serios y profesionales y se interesan
mucho por sus empleados. Vas a hacer lo que te gusta y además ganar experiencia
y quien te dice, ser exitoso. Las oportunidades que nos da Dios no las tenemos
que dejar pasar, además no perdés nada. Cuando yo tenía tu edad me encontré un
documento de identidad y casi lo tiro, pero algo me hizo pensar claramente y no
sabía quién hasta ese momento. Cuando lo miro me doy cuenta que era de… ¡Moon!
-¿De Moon?
-Preguntó Milton sin entender.
-¡No! Moon
Corp. es el nombre de la empresa. Me acordé- dijo entre risas.
-¿Y de quién
era el documento? -Volvió a preguntar, esta vez muy interesado en la respuesta.
-No importa, me
tengo que ir, se hizo muy tarde, otro día la seguimos. Siempre me pasa lo
mismo. Hacé lo que te digo, andá, arriesgate- la cara de Milton fue de
decepción al no saber el final de la historia. Aunque le dijo que sí, no estaba
del todo convencido.
-El documento
era de mi rabino, mi maestro. El hombre que me acercó a Dios. -fueron las
últimas palabras del rabino García yéndose, volteando hacia Milton, justo antes
de ser acompañado por la abuela hacia la salida.
Se quedó
meditando un rato, esperando que la abuela le hablara de algo. La abuela tejía
y tejía, y no hablaba. Cada día que pasaba, la abuela parecía más un telar que
una abuela. Milton pensó divertido que si la abuela era un telar el rabino era
un reloj. Y, entonces ¿él qué sería? ¿una propaganda? No, ¿quizá una máquina a
vapor? Eso estaría por verse. Cuando sintió que sobraba, entre la televisión y
las agujas infinitas de la abuela, se fue a jugar. Decidió aceptar
repentinamente la invitación de los aventureros que todavía seguía en pie y por
fin pudo comprar ese bendito caballo negro. Como el organizador del grupo de
aventura era un anciano de la magia con una barba larguísima, Milton se imaginó
para divertirse que el viejo era el avatar del rabino García y no pudo contener
la risa al pensarlo. Al fantasear al rabino con sus lentes caídos, en una
posición horrenda y con la cara a dos centímetros de la pantalla, ridículo.
Apagó el juego y se fue a dormir pensando en Moon, la gran corporación
que lo llevaría al éxito, también se acordó que el domingo no podría jugar. Era
domingo de cementerio y muy bien sabía que tenía cantidades de familiares ahí a
los que la abuela no dejaría de visitar.
Pero algo pasó
el domingo. La abuela estaba triste porque habían cambiado su programa favorito
de televisión a ese día y Milton la pudo convencer, como en el deseo imperioso
de la noche anterior, de poder quedarse en casa jugando. <<Además no se puede
tejer en el cementerio como un telar>> pensó. Y pasó todo el domingo
cabalgando con su caballo nuevo y armándose mejor para encontrarse en la ciudad
cercana con el grupo para la aventura. El grupo era de cuatro personas; Hold
era un bárbaro tosco y peludo con un gran hacha y una increíble armadura, Erin
era un hada hermosa y ágil que portaba arco y flechas, Resuff el mago
era el jefe mentor de la campaña y Milton, que se hacía llamar El Frito y
jugaba con un guerrero clásico de escudo y espada. Comenzaron presentándose y
planeando un viaje hacia la gran puerta de la frontera y una vez en lo
desconocido tendrían que juntarse con un contacto para encontrar una cura para
una enfermedad que azotaba a algunos campesinos, la travesía sería bien
recompensada. Pero, ese domingo, solo pudieron hacer la mitad del viaje y
detenerse para cazar y acampar la noche.
Milton se
durmió temprano y con la televisión encendida que repetía las mismas
propagandas, y solía soñarlas. La mayor veces emitida era la de los muffins
chock, una marca de magdalenas rellenas de chocolate, donde una canción en
japonés repetía incansablemente la palabra muffin en su estribillo,
repleta de oficinistas orientales bailando de traje, la gama de colores entera
en fracciones de segundo como un electroshock, orientales comiendo obscenamente
sus magdalenas gigantes y letras, letras japonesas rebotando por toda la
pantalla. Todo como un juego de necesidades sin un interlocutor definido, como
un golpe de puño hacia la parte de la alegría más ligada al morbo, como una
tropa de soldados caminando hacia la guerra felices y con olor a frutas, como
un niño que nos hace reír desde su condición de niño inmerso en la sociedad,
como un niño que nos identifica, con su olor a sangre y a manzana, como un niño
que cuenta un chiste aunque él mismo no lo entienda. Así, como un niño, Milton
durmió hasta las ocho y treinta de la mañana.
Sardinas en las
venas de la ciudad. Era lunes temprano y a pesar de haber desayunado bien,
Milton quería un paquete de muffins chock que ya había comprado y
guardaba en la mochila, era creciente el deseo de no poder sacarlos por lo
apretado que estaba el subte al centro a esa hora de la mañana. Muy atento al
horario, ya que tenía estampado en la cara el rolex de un viejo con
traje y sombrero que no paraba de pisarlo, miraba a los pasajeros como si fuese
un extranjero. En realidad todos se miraban como extranjeros perdidos en la
selva y se movían como fantasmas de luz ante la ciudad bajo tierra que contaba
con sus electrones corriendo de un lado a otro sobre la plaqueta del sistema.
Extrañaba su caballo negro y su soledad, cerraba los ojos y pensaba que estaba
montándolo aprovechando la sensación de inercia. La cantidad enorme de
población hacía inevitable el sentimiento de soledad. Por suerte la ciudad (y
por ende el subte) ya no era lo que fue hace algunos años, la gente había
aprendido a ser limpia, el subte ya no olía mal, ni siquiera a grasa industrial
y tierra. El subte tenía olor artificial, a limón. Más bien era como meterse en
un limón gigante que te hacía llorar los ojos y te vaciaba la boca del estómago
al penetrarte las narices. Pero lo importante era que la gente había dejado de
tirar papeles en el suelo, por lo tanto toda problemática se había solucionado.
El subte chillaba nombrando las estaciones. La pulcritud del interior era de un
blanco brillante como el sol, enceguecedor. Milton dejó de pensar en su caballo
y observó a la gente. La gente no miraba más que el vacío de la mañana del
lunes en un subte apretado. Vio en la oscuridad de la ventanilla el reflejo del
que tenía al lado, un muchacho con rastas y auriculares enormes que movía la
cabeza y emanaba olor a sahumerio, era como un sahumerio con rastas dentro de
un limón gigante que viajaba bajo tierra a noventa kilómetros por hora. Movió
violentamente la cara y se intentó acomodar un poco. Se quedó mirando los
carteles luminosos y luego se concentró en los dientes perfectos de la anciana
decrépita que estaba sentada delante de él. Escuchó a tres hombres hablando
detrás, hablaban de Alá y de lo que Alá pretendía. Milton decidió girar la
cabeza, un poco para ponerle cara a las voces y otro poco porque se sentía
incómodo y estaba inquieto. Los tres tenían barbas desprolijas (uno era
colorado), sombreros extraños y se habían colocado de menor a mayor y del más
gordo al más flaco respectivamente como una mamushka medio oriental de carne y
hueso. Hablaban de un hermano muerto, estaban indignados (sobretodo el flaco
petiso) porque al parecer no les habían avisado en tiempo y forma de la muerte
del hermano, tan importante era el hermano y más importante que les avisaran.
Al parecer el encargado del templo no tenía crédito ni acceso a internet para
avisarles, y con lo importante que era el hermano no les podía decir que no
consiguió crédito ni acceso a internet.
-¡Alá no tiene
la culpa de la pelotudez humana! -dijo el flaco. Pero como no siguieron
hablando más de la muerte del hermano sino criticando a los otros, Milton se
aburrió y volvió su mirada hacia el frente.
Otra vez estaba
ahí la vieja de los dientes rectos que permanecía inmóvil como estatua. Las
cantidades de arrugas en su cara lo hacían preguntarse si no sería interesante
hablar con ella de todas las historias que tendría por contar, de toda la vida
que vivió. ¿Sería una condición de los
ancianos transformarse en objetos inanimados del paisaje entre la gente, como
la abuela en casa? Milton se preguntó de pronto si no sería una bendición tener
la oportunidad de conocerla, de saber quién era esa señora y por qué tenía los
dientes perfectos y tantas arrugas. Se preguntó si no sería una tristeza, casi
una desgracia tortuosa no saber nada de ella y que pronto se muriera sin que
nadie la conozca, desapareciendo ni siquiera en el olvido de alguien. O quizá
(y lo pensó más probable) era como un estuche vacío, arrugado y vacío; como un
cascarón lleno de arrepentimientos, lleno de nada. Pero rápidamente se olvidó
de todo eso ya que la dulce viejita rompió su dulzura, quebró el
pensamiento como quien corta manteca, al mover su dentadura entera como
rumiando, la acomodó, la hizo para un lado y para el otro desagradablemente. Y
Milton pensó que la anciana se transformaba en un équido viejo y arrugado
pastando sentado en la butaca del subte, y se acordó de su caballo negro y
pensó en él durante el resto del viaje.
Al momento en
que la escalera mecánica (ya no había de las otras) lo subía a la superficie,
se superponían elevándose los pensamientos sobre la grandeza de la empresa
corporativa (ya no había de las otras) a la que se dirigía y, como una
prolongación del logo que aparecía en casi todas las marcas internauticas,
podía sentir el éxito económico (ya no había de los otros) de su posible
porvenir. El edificio era altísimo, hubiera dividido el azul del cielo como un
rayo de espejos hacia el infinito si no fuera porque tenía construcciones casi
tan enormes como él a los lados. Un gran cartel de luz decía “Moon” con
la típica tipografía minimalista de esta época. Adentro lo atendió una señorita
y, aunque nunca la miró a la cara, Milton sabía que era hermosa. No podía ser
de otra manera. Le dijo, muy formal, que espere sentado en los comodísimos
sillones negros y le dio la llave de un minibar que a su vez hacía de mesita
ratona. Milton se puso a masticar enseguida sus Muffins Chock de a
grandes bocados como si alguien lo amenazara para que coma, sacó un café de la
máquina y al gustarlo intenso y asqueroso lo tiró en un tachito de basura que
tenía al lado. Se sirvió, entonces, Coca-Cola en un vaso de telgopor, el lugar
parecía un local de comidas rápidas pero gratis. Contaba con enormes espacios
sin ninguna utilidad y tenía que dar como diez pasos para ir desde los sillones
hasta la máquina de gaseosa. Desde la lejanía de la recepción se escucharon los
pasos de la señorita.
-El señor Pablo
Coleman ya está disponible, su oficina está en el tercer piso, lo acompaño al
ascensor- y lo acompañó hasta un enorme ascensor que hablaba. Saludaba, daba la
bienvenida y preguntaba a qué piso necesitaba ir. Dentro de aquel metálico cubo
móvil parecía haber más oxígeno respirable que en el exterior. Subió
sorprendentemente rápido hasta el tercer piso y se dio cuenta que le faltaban indicaciones.
Ya que el lugar estaba lleno de amplias oficinas y ninguna tenía nombres ni
carteles, no le quedó más que preguntar tímidamente donde se encontraba el
señor Pablo Coleman. <<Sí, Pablo… Pablo está cruzando el patio de fumadores,
doblando a la izquierda, es la tercer oficina>> le respondió un muchacho
de camisa rosa planchada a la perfección y prolijamente moderno. Luego se
enteraría que la falta de información era a propósito, que era una política de
la empresa para la integración del personal, para que pregunten y hablen. Cruzó
un jardín interno y cerrado lleno de abarrotados ceniceros y gente exhalando
humo y charlando a los gritos; pasó como un fantasma, como un criado ante una
fiesta en casa de los señores. Había gentes de todo tipo, gente de traje y
gente deportiva, gente común y desprolija y gente vinculada a algún estilo de
moda específico. ¿Cómo sería Pablo Coleman? el guardián de su puesto de
trabajo. Pablo Coleman era ni más ni menos que el tipo de rastas y olor a
sahumerios del subte. Pablo, a pesar de su apellido, no era judío y su relación
con rabino García era a causa de su familia sí judía. Tenía mil autitos de
colección en su escritorio y una estatuilla de buda (el buda gordo) y atrás un
pequeño cuadro de un viejo pelado de bata anaranjada que a Milton le pareció
alegre y le dio curiosidad. Pablo estaba reclinado en su silla con una tableta
electrónica en el regazo y los pies de sandalias arriba del escritorio.
-Vos sos
Milton, sentate. Tomá- sacó una computadora portátil y se la dio para que
complete unos ejercicios de programación. Mientras le hablaba y le preguntaba
cómo había viajado, con quien vivía, cómo estaba y qué le gustaba hacer en sus
ratos libres. Siempre con los ojos en la tableta y muy descontracturado, casi
no escuchaba las respuestas y cada tanto se echaba a reír de vaya a saber qué.
A Milton le resultaron fáciles y entretenidos los ejercicios, y a pesar de que
Pablo no paraba de distraerlo, lo hacía como algo natural, como andar en
bicicleta por la plaza o garabatear dibujos mientras se habla por teléfono.
-Ya está -dijo
a los cinco minutos.
-Muy bien, muy
rápido -le respondió Pablo, guardó la computadora y siguió.
-Ahora esperá
que te mande un email para confirmarte el puesto, viste como es la burocracia,
el papeleo tarda.
-OK, gracias.
-dijo Milton y se levantó para irse.
-Esperá, ¿no
querés quedarte para ver el partido?- giró su silla y con un control remoto
prendió la televisión que parecía un espejo en la pared hasta entonces.
-¿O tenés que
irte?
-Sí, tengo que
ir a casa porque justamente hoy mi abuela me necesita para una encomienda
-mintió rápidamente Milton y le extendió la mano para despedirse.
-¡Qué lástima!
Será la próxima -exclamó Pablo y le agarró con fuerza la mano extendida y le
acercó el cachete para saludarlo con un beso.
Moon no es lo
que crees. El mes transcurrió lento,
como su vida habitual. Le daba miedo romper con esa laguna de rutina, sacudir
el agua y que el llamado al trabajo sea el primer eslabón de una cadena que lo
arrastre a un río desconocido donde no se sintiera cómodo, o si, pero
desconocido, eso era lo realmente perturbador. En general su celular estaba
callado, sus días eran casi sin usar la voz. La abuela hablaba cada vez menos,
solo se oían las voces de la televisión de fondo y las personas que se cruzaba
al salir a comprar. Milton estaba tan cómodo. Los problemas eran virtuales,
eran de su caballero, eran un par de goblins o algún orco y cada tanto algunos fantasmas
o esqueletos. Rompió el récord de horas corridas jugando al juego, y con su
grupo se habían conocido muy bien. Hablaban de ellos y de cómo eran y de cómo
se sentían. Se podría decir que eran sus primeros amigos después de mucho
tiempo. El tiempo era pacífico; longevo pero vital y enérgico. Era hermoso
jugar, siempre fue hermoso jugar. Sin los juegos la vida no tendría sentido, es
la parte más importante de cualquier sentimiento. Jugar. Habían avanzado mucho,
había luchado contra los incontables, habían llegado a la gran puerta de la
frontera y habían tenido que descifrar varios acertijos para cruzarla,
que a Milton (o a El Frito) le resultaron más complejos que las pruebas
de programación de la entrevista que había hecho la semana anterior. El mes transcurrió lento pero en el juego los años pasaron rápido. Estaban en lo desconocido, pero se sentía en casa. Estaba en la tierra de las almas perdidas, pero las sombras lo llenaban de fuerza y no quería irse. Una mañana, pasado el lento mes, recibió el email.
“Por medio de este correo nos dirigimos a usted para informar que su postulación al cargo de programador junior ha sido aprobada. Consideramos que cumple con los requisitos solicitados por la empresa. Adjunto encontrará las políticas y el contrato que deberá leer y firmar antes de presentarse a partir del día de mañana en el horario que disponga de su comodidad. Se agradece el interés y se desea buena suerte. Moon Corporation”
Las palabras se clavaron en su mente como el maullido de un gato en una mañana lluviosa de sueños livianos.
Claramente Milton no era de esos que iban a fumar al patio para conversar y reír; era, más bien, de esos que fumaban concentrados en el piso o en su celular, sentados en una pequeña esquina intentando no molestar a nadie y que nadie los moleste, pero sin fumar. Había pasado mucho tiempo en esa postura, pero al haber transcurrido un mes más (un agitado mes más) la postura no era constante. Tenía tres tarjetas de crédito que usaba en internet para comprar actualizaciones y un buen sueldo para pagarlas. Como aquella musa Erin, el hada del juego, también había una en el trabajo y como aquel bárbaro al que respetaba y del que desconfiaba un poco, también había uno en el trabajo; a Milton le divertían esas comparaciones. Se sentaba en el espacioso habitáculo donde trabajaba y girando la cabeza podía verla en su espacioso habitáculo concentrada; era una pequeña señorita blanca como el sol y tan coqueta que contrastaba con su forma de ser, con la timidez y la suavidad con la que hablaba (no era la timidez de Milton porque más que timidez, lo de Milton era desinterés). Aunque podía girar la cabeza y observar, rara vez lo hacía. La mantenía allí detrás, como una caricia en la espalda, como un escalofrío que lo extirpaba del aburrimiento cotidiano. Y ella estaba allí detrás, como un hada defensora de todo mal con su carcaj lleno de susurros e incertidumbres. Sabía su nombre (Ludmila) porque era inevitable saber el nombre de todos, ahora, recordarlo era un mérito diferente y voluntario. Por otro lado, y completando los tres que trabajaban en ese cuarto, estaba Felipe. Felipe era un tipo con cara de nada, más común que su nombre. Ni perfecto, ni detestable. Era, para Milton, molesto tener que hablarle. Felipe tenía una personalidad sobresaliente, y a Milton le hubiera gustado poder hacer lo que él, llegar gritando, cantando, saludando a todos y a cada uno. Era tan efusivo y directo en sus pensamientos y gesticulaciones que a veces rozaba lo irritante.
“Por medio de este correo nos dirigimos a usted para informar que su postulación al cargo de programador junior ha sido aprobada. Consideramos que cumple con los requisitos solicitados por la empresa. Adjunto encontrará las políticas y el contrato que deberá leer y firmar antes de presentarse a partir del día de mañana en el horario que disponga de su comodidad. Se agradece el interés y se desea buena suerte. Moon Corporation”
Las palabras se clavaron en su mente como el maullido de un gato en una mañana lluviosa de sueños livianos.
***
Claramente Milton no era de esos que iban a fumar al patio para conversar y reír; era, más bien, de esos que fumaban concentrados en el piso o en su celular, sentados en una pequeña esquina intentando no molestar a nadie y que nadie los moleste, pero sin fumar. Había pasado mucho tiempo en esa postura, pero al haber transcurrido un mes más (un agitado mes más) la postura no era constante. Tenía tres tarjetas de crédito que usaba en internet para comprar actualizaciones y un buen sueldo para pagarlas. Como aquella musa Erin, el hada del juego, también había una en el trabajo y como aquel bárbaro al que respetaba y del que desconfiaba un poco, también había uno en el trabajo; a Milton le divertían esas comparaciones. Se sentaba en el espacioso habitáculo donde trabajaba y girando la cabeza podía verla en su espacioso habitáculo concentrada; era una pequeña señorita blanca como el sol y tan coqueta que contrastaba con su forma de ser, con la timidez y la suavidad con la que hablaba (no era la timidez de Milton porque más que timidez, lo de Milton era desinterés). Aunque podía girar la cabeza y observar, rara vez lo hacía. La mantenía allí detrás, como una caricia en la espalda, como un escalofrío que lo extirpaba del aburrimiento cotidiano. Y ella estaba allí detrás, como un hada defensora de todo mal con su carcaj lleno de susurros e incertidumbres. Sabía su nombre (Ludmila) porque era inevitable saber el nombre de todos, ahora, recordarlo era un mérito diferente y voluntario. Por otro lado, y completando los tres que trabajaban en ese cuarto, estaba Felipe. Felipe era un tipo con cara de nada, más común que su nombre. Ni perfecto, ni detestable. Era, para Milton, molesto tener que hablarle. Felipe tenía una personalidad sobresaliente, y a Milton le hubiera gustado poder hacer lo que él, llegar gritando, cantando, saludando a todos y a cada uno. Era tan efusivo y directo en sus pensamientos y gesticulaciones que a veces rozaba lo irritante.
Milton, como
los demás, tenía que entregar una cierta cantidad de horas de trabajo y eso
hacía que no importara qué día o en qué horarios iba a trabajar, lo elegía él.
Prefería ir a la tarde para dormir la mañana y trasnochar. Y, aunque no lo
admitiera nunca, se cruzaría con Ludmila que estudiaba a la mañana y entraba
siempre alrededor de las dieciséis horas.
Milton se
despertó al mediodía. Se había quedado jugando hasta tarde continuando
lentamente su travesía hacia unas ruinas de un viejo castillo, la noche
anterior habría sido normal si no fuera por un cartelito que se abrió mientras
jugaba y que claramente no provenía del juego “Moon no es lo que crees”
decía, no le dio importancia. La abuela había dejado unos sanguches en la mesa,
se los comió de un bocado, se lavó la cara y fue para el trabajo. Escuchaba la
gente en el camino sin querer oírla. "...eso no es así, ese perro es cruza
de..." dos andando en bicicleta. “…al final el cumpleaños lo hago en casa
porque lo de...” una en el subte. Volvió a la superficie, miró con simpatía la
rigidez con que cuatro viejas paraban todas juntas un colectivo como saludando
al Führer, tomó sin esfuerzo la bienvenida a la empresa y pasó unas cuantas
horas en su escritorio desempeñándose bien y sin mucho esfuerzo.
En la cocina
del trabajo se encontró a Ludmila, como quien encuentra una joya, y no resistió
quedarse callado.
-¿Tenés mucho
trabajo?
Lo miró a los
ojos con la cabeza gacha como solía hacer y sonriéndole asintió tímidamente, un
mechón de flequillo le tapaba un ojo y Milton sentía el impulso de pasárselo
por detrás de la oreja, tomarla suave y firmemente del mentón y levantarle la
mirada, obviamente no lo hizo. El silencio fue horrible para ambos. Milton sacó
un café de la máquina aunque los odiaba, pero no sabía qué hacer.
-¿Querés uno?
-le preguntó.
-No gracias,
estoy tomando un té -respondió Ludmila inclinando la taza que tenía en las
manos y rió por la situación. <<Qué tonto yo>> pensó Milton y se
sentía extremadamente colorado de vergüenza como si pudiera verse a un espejo.
-Vamos a
trabajar y pongo un poco de música -dijo ella, quién era la encargada de poner
música en la oficina. Sabía mucho de música, una cuenta pendiente en Milton,
siempre ponía un estilo llamado Folk de Vanguardia que era algo así como
música country electrónica y a destiempo, muy pretenciosa. Un poco lenta para
una fiesta pero muy disonante para un ascensor o una sala de espera.
Pasaban los
días. A veces Ludmila lo hacía sentir mal, no de forma voluntaria. Él se erguía
con su presencia inerte, con su gordura, con sus rulos y su malestar; y ella
era tan hermosa. Milton pensaba (mientras jugaba, peleando contra un sin fin de
esqueletos en unos pasajes de una ciudad abandonada) que ella era una diosa que
provoca un hormigueo en todo su cuerpo, y se consolaba visualizándola con su
sonrisa de dientes pequeños y absurdamente rectos y colmillos largos como una
vampiresa, además era muy enana y tenía una mancha en el hombro imposible de
ignorar. <<No es perfecta y eso es verdad, no es el consuelo de un
gordo>> se decía a sí mismo. Pero era hermosa y Milton no podía hacer
nada al respecto.
Otra vez el
cartelito “Moon no es lo que crees”. Debía ser un virus. Los
esqueletos los estaban doblegando, El Frito se había quedado parado sin
hacer nada, como un árbol, como un ser sin alma. Milton sacudió la cabeza para
despertar del trance de los pensamientos ajenos a la realidad y vio cómo un
esqueleto lo estaba golpeando y se sorprendió de su distracción en algo que lo
apasionaba tanto como era ese juego. Bajó la mirada (levantó el escudo y empuñó
la espada) y se dio cuenta que había varios mensajes en la pantalla, varios
cartelitos de Erin y de Hold. “Qué le pasa a El Frito??” “Por
qué estás tan distraído???”…
-¿Por qué estás
tan distraído? -preguntó Felipe.
Milton sacudió
la cabeza y Felipe lo miraba con aires de bromista.
-¿Que te anda
pasando? -volvió a preguntar Felipe y aunque Milton no tenía ganas de hablar
tuvo que contestarle.
-Nada, me
distraje.
-Oh sí, es como
si no estuvieras, tenías los ojos puestos en ella pero estabas en otro lado, en
la luna de valencia. -le contó muy expresivo y a los gritos, señalando a
Ludmila que trabajaba en su habitáculo.
Milton se dio
vuelta dando a entender que no quería hablar y se puso a trabajar. Le resultaba
muy fácil el trabajo, se adaptaba y tomaba más velocidad en lo que hacía que
sus compañeros, era un aburrido talento que tenía pero no podía negar que lo
había ejercitado al máximo al dedicarle horas y horas de programación a ese
lugar, en ese trabajo. Pensaba bromeando que si fuera un personaje de algún
videojuego habría subido muchos puntos de experiencia en algún talento ligado a
la computación. Otro día más, y otro.
En la calle
todo era muy tranquilo, el transporte público funcionaba a la perfección. “...eso
no es así, ese perro es cruza de…” dos andando en bicicleta. “...al
final el cumpleaños lo hago en casa porque en el...” una en el subte. “...en
realidad la culpa es del cajero que tendría que...” una pareja en el
supermercado. La gente no optaba por un automóvil propio ya que los que no eran
muy acaudalados solo acumulaban stress; el cual extraían de sus cuerpos
esperando, agazapados como leones, que alguien se equivoque para explotar en
una bola de insultos que los devolvía a la felicidad de su estar. “...¿La
calle es tuya? hijo de puta y la...” un motociclista. Milton suponía que la
catarsis de Felipe estaba en esas charlas, que poco a poco se convertían en
reuniones, donde le expresaba a sus compañeros, cual orador evangelista, lo mal
que estaba aceptar absolutamente todo a la empresa como si la única forma de
comunicación fuera posible unilateralmente y tomarlos como de palabra santa.
Solo había escuchado de Felipe algunas frases sueltas sobre aquel poco
interesante tema “...aunque la idea de un sindicato está oxidada y es
atemporal creo que...” “...juntos podemos representarnos mejor que como
individuos...”. Todo esto no le hacía el más mínimo ruido, aunque bien
había notado el hecho de que Ludmila se interesaba en esas cosas y que al
supervisor Pablo Coleman, o simplemente Paul como le decían ahora, no le hacía
mucha gracia esta historia. Otro día más, y otro.
Milton ya no
era él, al menos de eso dudaba. Estaba dispuesto a admitir que la empresa lo
había vuelto más sociable, más otro. Pero a la vez seguía siendo el amante fiel
del juego y el más importante de los fantasmas que acompañaban a la abuela.
<<Abrigate nene>> o <<Tenés la comida en la
mesa>> decía siempre la abuela cada vez más muda. Otro día más, y
otro. Era, a esta altura, dos Milton. En casa el él de siempre y en el trabajo
atento a todo, dispuesto a todo, pero sin importarle nada en concreto. Nunca
iba a admitir que lo que lo incentivaba a seguir en ese lugar era ese otro
Milton. Pero más lo incentivaba la sensación extraña que sentía al hablar con
Ludmila. Sabía disimular su doble realidad hasta para él mismo aunque le daba
miedo mirarse al espejo y verse doble. No se extrañaba para nada, el espejo
siempre fue un problema para él. El espejo siempre se obstinó a mostrarlo
gordo. Otro día más, y otro.
“...eso no es
así, ese perro es cruza de…” dos andando en
bicicleta. “...al final el cumpleaños lo hago en casa porque en el...”
una en el subte. “...en realidad la culpa es del cajero que tendría que...”
una pareja en el supermercado. “...¿La calle es tuya? hijo de puta y la...”
un motociclista. “...aunque la idea de un sindicato esta oxidada y es
atemporal creo que...” “...juntos podemos representarnos mejor que como
individuos...” decía Felipe.
-Felipe quiero
hablar con vos en mi oficina y vos también vení. -dijo Paul señalándolo a
Milton apenas entró y sin saludar. Tenía una postura rara en él, una forma un
poco tartamuda. Felipe y Milton se miraron y miraron a Ludmila con cara de
extrañados, como si Paul no fuera él, como si fuera un extraño que no se
presentó. <<Paul es muy bueno
con nosotros>> repensó Milton. Caminaron los dos detrás de su
supervisor como perritos pasados por la lluvia. La oficina de Paul estaba un piso
más arriba, como su cargo. Dentro del ascensor inteligente miró a Milton y
habló seriamente como nunca lo habían escuchado.
-Milton, vos
subí hasta el cuarto piso y hablá con Ricardo David, nuestro manager.
-¿Y yo?
-preguntó desafiante Felipe.
-Vos vení
conmigo, quiero hablarte de tu comportamiento. -dijo Paul con aires de
resignación, vergüenza o tristeza.
Milton se quedó
solo en el ascensor inmenso que le hablaba <<Tercer piso>> <<Cuarto piso>>, y eso
lo hacía sentir aún más solo, ahora era un solo Milton. Era el que quería estar
incrustado en la silla de la computadora de su casa jugando. Tardó un rato en
encontrar la oficina del manager. “...Si te compras esa camioneta tené
cuidado con que…” alguien en el cuarto piso que escuchó al pasar.
-No, no, vos
tenés que ir a ver a George Locke, el gerente general. -le informó Ricardo
David. Era un tipo recto y de traje negro, con aires de superioridad, ajustado
hasta el último botón. De pelo completamente blanco y unos grandes bigotes del
mismo color, casi plateados.
-George se
encuentra en el quinto piso.
Milton subió al
quinto a toda prisa y con un miedo que jamás había sentido. Pensaba que si
salía entero de esto, lo llamaría al rabino García y le rompería la nariz de un
puñetazo. <<Nunca estuve tan alto>>
pensó. Y allí, en el quinto piso, tan alto, se encontró con un joven de unos
treinta y pico, rubio, prolijo y de pelo corto, pero no acartonado como el
manager; con una camisa moderna y rosa, desabrochada en los dos botones de
arriba mostrando una pequeña cadena de oro que hacía juego con la hebilla del
cinturón de vestir. George tenía una oficina extremadamente amplia, todo eran
sillones y con un gran ventanal desde donde se veía media ciudad y el río. En
medio del cuarto había una fuente de estilo oriental.
-Oh Milton, que
gusto, oh… -dijo George con un acento norteamericano, un acento ridículo como
de película. Pero esas palabras no lo tranquilizaron mucho.
-Oh Milton, eh
¿sabes que tienes el mejor, oh, promedio de todos los tiempos? -dijo como haciendo
fuerza para hablar español. La cara de Milton cambió automáticamente.
-Mira,
disculpa, eh, discúlpame, lo debo hacer corto. Estoy, eh, ocupado -tragaba las
erres como quien traga un chicle transformándolas en una especie de doble ve.
-Tu compañero, eh,
Felipe va a renunciar y, oh, vamos a tomar gente nueva, estamos en un periodo
de cambio, eh, y hay que tomar decisiones. Es probable, oh, que Pablo también
se deba ir y queríamos, oh, saber si estás dispuesto a cubrir su puesto, oh,
eh, ser supervisor del área. -dijo y exhaló naturalmente como cualquiera que no
hable en su idioma. Milton se mostraba sorprendido mientras George le seguía
contando los beneficios que tenía ser supervisor. Milton estaba contento y
aliviado, y también extrañado porque no parecía que Felipe hubiera querido
renunciar, pero prefirió no preguntar.
-Te felicito.
-dijo George y lo acompañó hasta la salida indicándole que tendría que ir a
hablar con el sector de recursos humanos para hacer efectivo el ascenso.
Internados en
la caverna más profunda con Erin (a Hold lo habían matado)
buscaban la forma de entrar al castillo y subir para vencer a un gran señor
malvado, un demonio convertido en rey. Apareció el ya inquietante cartel “Moon
no es lo que crees” pero creía que lo mejor era ignorarlo y que provenía de
algún chistoso. El juego terminaba por ese día. El camino al trabajo se
hacía más pesado ahora que era supervisor. “...hay lugares a los que no se
puede ir, además...” una señora extraña esperando a cruzar la calle. “...¿está
Meli? pasámela...” un viejo de lentes sentado en una lindera hablando por
celular. Era extraño ser el jefe de alguien, sobre todo de Ludmila. Pero el
peso más grande corría en el transcurso de los días, cuando Milton se empezaba
a dar cuenta que ni Felipe ni Paul habían renunciado. Lo más raro era que sabía
que en este país uno podía decir y pensar lo que uno quisiera. Uno es libre,
uno se siente libre. Pero Hold había muerto.
-Hay que hacer
algo -le decía Ludmila más activa y desenvuelta que nunca.
-¿Por qué?
¿Algo como qué? -Le respondió Milton sentado en su oficina de supervisor.
-No puede ser
que los hayan echado así, por nada. -dijo ella.
-Pero no
sabemos qué fue lo que pasó.
-Por eso,
Felipe no contesta y de Paul ni siquiera tengo el teléfono.
Ludmila suspiró
y se detuvo a pensar. Milton no podía dejar de verla como si tuviera un aura
luminosa que se hacía más fuerte a cada instante. Ella sería la que daba luz a
todo ese lugar, la fuente donde se concentraba lo blanco y lo pulcro de la
ciudad. El aire, todo.
-No podemos
hacer nada si no queremos terminar despedidos. -dijo él y al ver la cara de
decepción de ella improvisó.
-Pero en lo que
se te ocurra hacer, contámelo y yo te voy a acompañar hasta el fin. -dijo y se
puso colorado instantáneamente, en su cabeza había sonado menos estúpido. De
todas maneras Ludmila sonrió, pero no con la sonrisa cortés de siempre. Sonrió
de verdad, de alegría al escuchar sus palabras. Ella le hablaba, ella era
confidente y eso no era poca cosa para él.
La vuelta a
casa se hacía más pesada, la casa se hacía más pesada. El Milton del trabajo le
estaba ganando al de la casa, al del juego, al de la abuela. Comenzaron su
infiltración en el castillo. Sigilosamente El Frito se abría paso
matando fantasmagóricos guardias y Erin lo apoyaba detrás con sus
flechas. Hold había muerto. Y el cartel “Moon no es lo que crees”.
Ludmila se
había tomado quince días de vacaciones y el trabajo estaba aumentando. Milton
sabía que cuando volviera iba a juntar firmas para hacer una organización de
empleados e iba a investigar incesantemente lo que había pasado con Felipe y
Paul. Estaba muy perturbado y caminaba chocando a la muchedumbre de todos los
días en las angostas calles del centro, y la escuchaba. Escuchaba la
muchedumbre como un zumbido de abejas organizadas para vivir un día en nombre
de algo de lo que no tienen la más mínima idea. Uno cantaba desafinado “...Oh
nena, nena...”. “...y ahí doblas a la derecha, haces dos...” indicaba un diariero.
Entre la gente levantó la mirada y Felipe lo miró directamente a los ojos, pero
con una mirada distinta. Felipe lo había visto y había cruzado inmediatamente
la calle esquivando los autos y doblando en la primera esquina. Se había ido.
Milton lo sabía, sabía que se había escapado de él, pero a partir de ese
instante comenzó a dudarlo. ¿Por qué se habría de escapar? si en este país uno
podía decir y pensar lo que uno quisiera. Uno es libre, uno se siente libre.
Uno es libre,
uno siente en la realidad que debe ser libre. Uno no tiene dueño como un perro
al que le dan de comer todos los días. La realidad en la que uno se ve gordo al
espejo, o doble, es la que nos dice denostadamente que somos libres. Milton
había subido a su oficina como quien sube a la horca. Subía pesado. Sentía que
la realidad lo aplastaba hasta el suelo. Ricardo David, su manager, le
informaba por teléfono que habría que considerar en los próximos días el mal
rendimiento de Ludmila, que así lo proponía el gerente. Milton, con el teléfono
pesado como un yunque en el escritorio y acercando la boca al manoslibres,
estaba garabateando un dibujo de un castillo como el del juego. Cuando escuchó
las palabras del manager borroneó el dibujo con la fuerza de un baldragas.
-¿Ludmila? si
ella está trabajando como siempre -dijo Milton extrañado pero con un
convencimiento con el que nunca se lo había escuchado.
Ricardo cambió
su tono de voz y de forma severa empezó a divagar como una computadora
automática y aleatoria sobre las políticas de la empresa. Mientras el
empresario buscaba excusas en algún apunte que tendría perdido en alguna
carpeta, y le hablaba sobre la búsqueda de empleados proactivos y vaya a saber
cuántas estupideces más, Milton recibió un mensaje de ella. Sintió un
calor intenso y un miedo profundo al ver el nombre de Ludmila en su celular. La
garganta se le cerraba y el teléfono le pesaba entre las manos, pesaba como un
adoquín. “Felipe está en el hospital, no sé qué le pasó. Llamame con cautela,
por favor.”
-Así que mañana
a las veintidós horas tenés que ir a la oficina de George Locke para concluir
el asunto. -dijo Ricardo y colgó el teléfono determinantemente. Ludmila corría
un grave peligro. Otro mensaje cae en el peso del celular “Número bloqueado: Moon no es lo que
crees”.
Esa noche había
comido a las apuradas casi sin masticar y había corrido hasta la computadora
para jugar. No pudo más que mirar el monitor durante media hora sin darse
cuenta. Estaba sentado como un zombi y parecía que le hubieran extraído el
alma, con el brillo de la pantalla en los ojos que desenfocaban todo lo que
tenía enfrente como cuando uno siente desmayarse del sueño. Su cuerpo estaba
ahí en esa silla, en esa casa de abuela ausente, pero su mente vagaba entre su
vida anterior, la empresa y Ludmila. Un poco más lejos, en alguna rama de su
pensamiento, se encontró con la serie de mensajes misteriosos. “Moon no es
lo que crees” se repetía una y otra vez.
-Moon! -se dijo
gritando sin darse cuenta, como un grito callado, como buscando una bocanada de
aire o una respuesta.
-¿Que? -dijo la
abuela desde su cuarto y Milton no contestó. No se dio cuenta que sus
pensamientos la habían despertado. Ella insistió por última vez.
-¿Que? si tenés
hambre, querido, hay unos sanguchitos en la heladera, yo ya estoy acostada.
-sin dejar pasar un segundo más, la abuela ya se había puesto a roncar como
toda buena fumadora.
Era justo la
medianoche cuando se despabiló de su trance y se puso a buscar a Moon en
internet. Luego de ojear montones de artículos donde hablaban del buen
desempeño de la empresa en el mercado local, videos de aliento para nuevos
inversores y aburrimientos por el estilo, cargó el juego para la odisea final
y, por fin, poder vencer al demonio reinante. No pudo dejar de distraerse y
pensar en Felipe y en Paul. <<¿Por qué no lo seguí?>> se reprochó.
<<¿Dónde estará ahora?>>. Estaba preparado para la supreme
ordeal, tan extranjero y tan nacional; así de extraño y normal. Las ramas
de sus pensamientos estaban brotando, expandiéndose por toda la habitación y
más allá. Se levantó y se vio a sí mismo jugando. (“...eso no es así, ese perro
es cruza de…” dos andando en bicicleta). Ya no era el espejo el que lo
reflejaba en su infelicidad. (“...y ahí doblas a la derecha, haces dos...”
indicaba un diariero.) El mouse era una expansión de su brazo, de impulsos
eléctricos corriendo como por un circuito cualquiera en las venas de su cuerpo,
como la red de subtes en la ciudad, como ese mismo árbol que le da aire al respirar
entre los bloques de cemento, el árbol de sus pensamientos. (Uno cantaba
desafinado “...Oh nena, nena...”). Era otra vez dos Milton. Las ramas iban y
volvían locas con el viento. Salió a la calle alejándose de él mismo,
alejándose de su vida anterior y extrañándola al instante. (“…al final el
cumpleaños lo hago en casa porque en el...” una en el subte). Erín el hada no
había aparecido en toda la noche y sospechaba que la habían asesinado, nada
podría consolarlo entonces, otra cosa no podría haber pasado. (“...hay lugares
a los que no se puede ir, además...” una señora extraña esperando a cruzar la
calle). Tomó el subte como quien pone un arma en su propia boca. El juego lo
esperaba y las escaleras y los guardias fantasmas iban pasando, eran vencidos.
(“…en realidad la culpa es del cajero que tendría que...” una pareja en el
supermercado). Las
ramificaciones de sus ideas casi como una inercia impredecible lo obligan a
bajarse en la estación correcta a la hora exacta. Mil realidades, dos, una a la
vez. La del espejo, la que está afuera. La de la pantalla. (“...¿La calle es
tuya? hijo de puta y la...” un motociclista). La escalera caracol de la torre
del castillo estaba ahora dispuesta a darle trabajo, llena de guardias
programados para verlo fracasar. (“...¿está Meli? pasamela...” un viejo de
lentes sentado en una lindera hablando por celular). Aunque la soledad era
constante, en aquel momento parecía que se volvía corpórea, tomaba forma y se
podía tocar; por eso un viejo músico, sobre un antiquísimo libro, cantó alguna
vez “...No cuentes lo que hay detrás de aquel espejo, no tendrás poder...”. La
puerta de Moon estaba ahí en sus manos, esperando su llegada. (“...aunque la
idea de un sindicato esta oxidada y es atemporal creo que...” “...juntos
podemos representarnos mejor que como individuos...” decía Felipe). El ascensor
parlanchín se volvió escalera ante los pasos violentamente nerviosos, como de
soldado. Sabía que del otro lado de la puerta de madera medieval estaba el
demonio y no dudó en derribarla, en olvidarse de su cautela y cordura. (“...Si
te compras esa camioneta tené cuidado con que…” alguien en el cuarto piso). El
gerente lo esperaba con la sonrisa dibujada desde el fondo de su oficina del
quinto piso. Subió seis escalones, lo vio y no era tan terrible como se lo
imaginaba. Resignado a que su vida anterior, aquella en la que era uno solo,
nunca más volvería, cruzó la fuente minimalista que decoraba ese frío y
espantoso lugar de trabajo, mojándose hasta las rodillas, abalanzándose contra
el cuerpo del confundido empresario y sujetándolo con fuerza de las solapas del
traje. Sacó su espada, observó sus cuernos y tiró su escudo a un costado. Con
sus dos manos agarradas con la furia desconocida de un extraño en su cuerpo,
desconociéndose constantemente. Haciendo una presión innecesaria en el mouse y
el teclado, de un solo movimiento la cabeza del rey rodó por el suelo y rebotó
por la escalinata. Ya no importaba si la fuerza era voluntaria o no, fue
suficiente para que George vuele por el aire rompiendo el vidrio del ventanal y
caiga del decorado minimalista de la oficina del quinto piso. Probar que los
cerdos vuelan. Campaña completada.
Milton bajó el
ascensor en paz y se dio cuenta que nunca antes había sentido felicidad
verdadera hasta ese momento. El castillo siempre estuvo en ruinas, así fue
programado. Caminando orgulloso por su desahogo en la calle peatonal, el
edificio de Moon a sus espaldas se derrumbó con una explosión ensordecedora y
misteriosa, como una demolición sorpresiva. Milton siguió caminando completo,
hecho uno solo, mientras la gente corría, gritaba y se agarraba la cabeza. No
tardaron en llegar los periodistas y poco después las ambulancias y los
patrulleros. El derrumbe terrorista estuvo meses en los noticieros que debatían
incansablemente. Milton no tenía nada que ver con ese incidente, no tenía idea
si fue el terrorismo o el destino, no le importaba y se sentía feliz de verdad,
y había conseguido un juego nuevo.
Los noticieros
se vieron obligados a mostrar imágenes horribles y denunciar a muchos enemigos.
Y, lamentablemente, la gente tuvo que vivir un poco más intranquila en esa
magnífica sociedad.