21/8/15

Monomyth, el juego

La realidad, tan ligada al yo, tan fuerte como sensitiva, tan débil como abstracta. Decir “Real” y decir “Algo” es igual, es peligroso para quienes han abierto los ojos, es inútil para quienes no los necesitan. El ser humano tiene grandes sentidos para percibir la realidad y una magnífica habilidad para ignorarla. Hay tantas realidades como unos y como uno cambia, la realidad metamorfosea a la par.
Un cerdo no vuela, nos dicen, y desde la fastuosa vajilla de oro de donde se alimenta, desde su asquerosa billetera la realidad viaja electrónicamente de una tarjeta por un cable hacia una gran ciudad al norte y sigue su curso en forma de ondas fuera de la atmósfera para volver a la tierra en otro lugar y casi al mismo tiempo alimenta a otro cerdo y su realidad no voladora. Ahora, en un pueblito al sur, otro impulso parecido ha de sonar en un despertador trayendo a su dueño de vuelta a la tranquila y lenta realidad de su rutina.
Se abre una ventana y la silueta de un hombre robusto permanece estática. De fondo, una habitación saturada por la luminancia del sol radiante y matutino en una espléndida mañana de primavera. Poco a poco el hombre estira los miembros, la cabeza y todo el cuerpo, es muy temprano y tras dos o tres flexiones de brazos se dispone a tomar un vaso de leche descremada en la cocina de la hermosa casita rural. Se pone una musculosa y una vincha sudadera y sin cambiarse los pantalones del pijama sale a trotar (y trabajar un poco sus cuádriceps, gemelos y vaya a saber cuántos músculos más) no sin antes darle un beso en la frente a su niño que duerme en su recamara. En el recorrido sonríe a la poca gente que se cruza, se detiene a olfatear el perfume de una hermosa flor y saluda a una anciana con una reverencia y le quita el cigarro de la boca con un gesto estúpidamente amoroso. Ya a media mañana regresa a su hogar, se da un baño y, ahora sí, se dispone a desayunar como dios manda. El desayuno, precedido por una oración Católica Apostólica Romana, contiene harinas, cereales, lácteos y frutas. Pero justo en el momento del primer bocado una fuerte brisa entra por la ventana, los colores primaverales se oscurecen, un nube gris se asoma tímidamente por la chimenea y con el pan con mermelada de frutilla en la mano, el hombre se aprieta fuertemente el pecho, se mancha la musculosa, se le detiene el corazón y termina su saludable mañana con la cabeza en el plato de cereal y leche. Ahora la silueta del niño permanece inmóvil y confundida en el fondo del espantoso cuadro, casi imperceptible ante los ojos sin corazón y pesada como un témpano de hielo ante el artista que no se atreve a pintar semejante obra.
El nuevo niño huérfano tras un largo viaje en tren llega a la gran ciudad, a hospedarse con su abuela, su única pariente.

***

Imagen tras imagen. Muy bien podría haber cambiado de historia, de cara. Otra vez repetía la publicidad donde iluminaba la televisión con el brillo de la ciudad cambiante. Brillo que no daba lugar a la imaginación, aquel que se filtraba por la persiana del balcón francés era el mismo y desconcertante que se concentraba y expandía como una explosión en la sala de estar, como un vórtice ante los ojos grises de la abuela tejiendo. Miraba la televisión con la cara ausente, como cualquier otra, con más o menos pliegues. La mueca que cambiaba era la de millones de personas absortas como la abuela ante la luz. Así, del cuarto oscuro hasta las miradas brillantes de azules virtuales, la abuela tejía. Punto santaclara en las manos, ensueño vacío de pullover, y las caras de la publicidad. En el fondo, el cuarto de baño.  Milton ya era un joven crecido, tardío en hormonas y un poco gordo. Estaba sentado cómodamente y la puerta con llave lo separaba de aquellas hermosas imágenes que miraba la abuela. Solo llegaban los jingles que por una o dos notas podía distinguir perfectamente y lo ayudaban a concentrarse. El cuarto de baño era pequeño, pero con la mano en la entrepierna lo podía expandir increíblemente. Tan simple, con los pantalones bajos, sentado, cerraba los ojos con fuerza y pensaba en las publicidades. Pensaba en la cara de aquella mujer que hablaba verborrágicamente de lo bien que el champú le dejaba el cabello o en la otra mujer que le servía gaseosa a su esposo perfecto, a sus hijos ejemplares, al perro ideal. No quería desconcentrarse mas en el fondo sentía que él estaba arruinándolo todo, penetrando en esa escena con una obscenidad repulsiva.  Las caricias aumentaban el paso tribal, automático como el tejer, veloces como las luces de la ciudad, como el progreso; pero tan primarias y tan humanas. Las caras cambiaban: la muchacha, la señora, la otra mujer. Todas cómplices sin saberlo del acto liberador del joven Milton. A punto de culminar el solitario espectáculo, la abuela. La abuela, que como un fantasma dejó a un lado su no-pullover caminando despacio hasta la puerta con llave, se hizo presente entre las caras de la imaginación con dos golpecitos.
-¿Estás bien, querido?- dijo la voz gangosa, que mostrando un titubeo de no haber hablado por horas casi sin pausa continuó: -¿Vas al súper a comprarme unas cositas?
Nunca el final había tenido tan perverso sentido como su nombre lo indica, un escalofrío de vómito recorrió la espalda de Milton y contestó gritando con cínica vehemencia.
–Sí, ya salgo. Me lavaba los dientes.

Era viernes, se hacía de noche y estaba muy caluroso. Milton esperaba en la fila del supermercado y no llegaba a divisar la caja. Inhaló profundo y se perdió en las luces del techo. Se llenaba de emoción y, con un susurro de alegría que recorría su cuerpo entero al pronosticar su futuro inmediato, se encontró a sí mismo y a su hermosa vida. Era viernes y se hacía de noche. Parecía no faltar ni un solo joven que no viviera con extrema velocidad en esta ciudad. Todos en la fila de la misma caja del mismo supermercado, repletos sus carros de alcoholes multicolores. Ropa más oscura que la de Milton, peinados más prolijos, estética plástica pero sincera. No había más que eso. Hablaban desenfrenados del mejor alcohol, del mejor auto, del más moderno celular, del mejor electro-reggaetón y del mejor sitio para ir a bailar. Y Milton de entrecasa, Milton despeinado y transpirado; pero feliz porque era viernes, hacía calor y la noche lo esperaba. Por eso no advirtió a los demás jóvenes recién bañados y sonrió al volver la vista hacia su carrito lleno. Al ser viernes, como todos los viernes, podría trasnochar frente a la computadora para jugar, comer papas fritas, tomar Coca-Cola y ser feliz.
Mientras los jóvenes alegres se agrupaban como lobos en las esquinas de la vuelta a casa, Milton preparaba todo para su especial evento nocturno. La abuela había tomado su té de hierbas que apestaba el ambiente y ya se había ido a acostar, era tarde para cenar pero temprano para lo que vendría. El vaso a la izquierda del teclado, el mouse a la derecha, colocados celosamente los auriculares y el juego cargando. Milton estaba sumamente alerta ante la palabra “loading…” que titilaba en el monitor, daba golpecitos nerviosos con el dedo en el mouse y cada tanto se concentraba en delinear con la mirada el contorno de la tipografía del nombre del juego. “MONOMYTH XI: The Hayek Extinction” era un juego de rol en línea de aventura épica y fantástica al que le dedicaba cantidades enormes de tiempo. Todo circundaba entre las fronteras de la normalidad cuando sonó el teléfono, justo en el preciso momento en el que el juego había terminado de cargar y ya se disponía apto para ser jugado con la cámara detrás del personaje. Milton miró de reojo y con fastidio hacia la habitación de la abuela que dormía profundamente con el estruendoso ronquido de una fumadora de toda la vida. Golpeó con violenta fuerza la tecla “pausa”, se incorporó protestando y se dio media vuelta hacia el teléfono que no paraba de sonar. Los auriculares se desconectaron de un tirón al no habérselos sacado y los revoleó con odio hacia su asiento.
-Hable -ordenó con sequedad.
-Hola. ¿Quién habla?- con aires de confusión contestaron del otro lado (si se podía llamar a eso una contestación).
-Soy Milton, ¿quién es?- dijo tragándose el hecho de que pensaba que el que llamaba debía presentarse primero.
-Hola Milton, habla rabino García. Seguramente no te acordás de mí pero le arreglaste la computadora a mi hija hace como tres años que vive a cuatro cuadras de…
-¿Qué quiere?- lo interrumpió y luego de un silencio incómodo cambió el tono y siguió amablemente.
-Mi abuela está durmiendo.
-Sí, disculpame que llame a esta hora pero no quería olvidarme, necesitaba hablar con vos, no con tu abuela. A tu abuela la veo por lo menos dos veces por mes en la sinagoga, además con ella formamos un grupo de…
-¿Por qué quería hablar conmigo?- interrumpió de nuevo pero esta vez de la forma más cordial posible. Realmente no le importaba el rabino García, ni su hija, ni la computadora de su hija, ni el hecho de que su familia materna era judía y de que su abuela le hablaba cosas malas de la religión de su padre, tampoco le importaba el teléfono, ni la religión, ni dios. Solo pensaba en el juego.
-No, quería comentarte que yo conozco a un muchacho que trabaja en una empresa de programación y necesitan gente, están haciendo entrevistas, entonces le hablé de vos, no necesitas curriculum porque tu abuela siempre me cuenta que estás con eso y… ella, en realidad, está un poquito preocupada por vos porque…
-No rabí, gracias, yo estoy bien. -dijo y colgó, y esta vez se olvidó de cualquier cuota de amabilidad.

Llamada a la aventura. Hacía ya una hora y media que jugaba, estaba recolectando provisiones y cuidando el ganado. Vivía en una cueva alejada de la ciudad y estaba en plan de juntar oro para comprar un caballo que le había ofrecido un viejito ciego cerca del bosque del puente. Un caballo negro y veloz. Cuando de pronto un cartel lo invitaba a reunirse con un grupo de personas para comenzar una aventura recompensada. Sintió que no estaba lo suficientemente armado para aceptar y se acordó del rabino de la abuela. Tendría que rechazar dos veces una propuesta durante la misma noche. Dejó a un lado la invitación pero no la rechazó, y con la máxima tranquilidad que podía alcanzar continuó jugando libre en el mundo virtual sin más que conseguir objetos mejores para ser mejor, objetos más caros para ser mejor. Cómodo en su cueva, en la silla, yendo y viniendo por los lugares conocidos y permaneciendo inmóvil en el cuarto tan alejado de él. Cada tanto yendo al baño con una sensación de ansiedad, al alejarse de su juego, representadas por un cosquilleo en el estómago y un escalofrío de cuerpo entero, con ganas incontrolables de volver. Y siempre, aunque tranquilo, con la basurita en el rabillo del ojo que era la invitación sin rechazar de los amigos aventureros en una esquina de la pantalla. Un gusto a frustración le recorría la boca, el cuello y la espalda cuando, en el fondo, advertía que no era lo tan feliz que podía ser esa noche y a medida que el sueño crecía. Hacía media hora que se había sacado los pantalones, así que no tuvo más que acostarse dentro de las sábanas para dormir.
Ese mismo sábado pudo deducir que era mediodía, como temprano, por el sonido del exterior y, sobre todo, por la luz solar que le volvía rojos los párpados cerrados. Escuchó desde la cama que en la cocina había gente y pensó que la abuela había invitado a almorzar a alguna de sus amigas, pero no. Hacía un calor intenso y la voz de un hombre se escuchó, un sonido grave que le vibraba en el cuerpo. <<No es una ocasión común>> se dijo murmurando. Se incorporó de un solo movimiento y sintió un fuerte dolor de cabeza y la boca seca. No había de qué preocuparse ya que con la ciencia tan avanzada de aquellos tiempos cualquier fármaco podía solucionar el problema. <<¡Qué maravilla!>> pensó. Disimuladamente se dirigió al baño con la espalda sobre las paredes como una sombra, y con la vergüenza (que no aceptaría conscientemente) de que lo descubran recién levantado, sudado, de poca ropa y gordo. Y mucho peor si había un extraño en la cocina.
Mientras se acicalaba sentía la voz del hombre como una espesa sopa difícil de tragar, como un dolor de la infancia. Pero en esa misma voz había algo de confort como una caricia firme que lo llamaba. Se acordó de su padre por una fracción de segundo y se olvidó de ello voluntariamente.
-Milton -se escuchó la llamada de la abuela como un cantito separado en sílabas, y otra vez.
-Mil… ton… vení que vino el rabino y quiere hablar con vos, vení a saludar -la voz de la abuela era un chillido amoroso al que Milton estaba acostumbrado a suprimir, de una afonía encantadora, la abuela siempre gritaba sin gritar.
Milton no tenía nada en contra del rabino, ni de la religión, ni del hecho de que se juntaban para hablar mal de la gente con una suspicacia fascinante, con una amabilidad destrozadora que los volvía increíblemente bondadosos. Pero sí lo molestaba el hecho de tener el compromiso de ir a saludar, de hablar por compromiso y de tener que decir “no” con el compromiso de moldear y deformar las palabras para sonar como ellos: increíblemente bondadosos. De hacer el esfuerzo sobrehumano neuronal de buscar argumentos válidos y amables al mismo tiempo.
Apenas abrió la puerta la abuela le encajó un café con leche bien cargado y, luego de un cordial saludo, el rabino García empezó a hacer lo que más le gustaba, hablar.
-Milton querido. Querido Milton, acá con la abuela estábamos discutiendo algunos puntos de vista sobre la vida muy poco interesantes para un joven de hoy en día como vos. Nosotros que vimos crecer la tecnología a pasos agigantados, pero en nuestras venas corren los primeros servicios de internet. En cambio ustedes maman ese mundo como propio y se les da tan bien adaptarse a lo nuevo que nos dejan como dinosaurios con suerte. Pero es bueno, es bueno lo que hace feliz. Igualmente mi sobrina, que tiene tu edad más o menos, está un poco obsesionada y quizás no sea esa la palabra, pero pasa mucho tiempo en la computadora, no es algo de juzgar, más bien lo bueno es prevenir. En mis tiempos mirábamos la televisión para descansar un poco de ese mundo virtual que a su vez los enriquece, dependiendo el uso que le den, claro. Por ejemplo, la página de la sinagoga es hermosa, y doy gracias al espacio publicitario que nos ayuda a mantenerla… Me estoy yendo por las ramas…
Milton levantó la vista de su taza y lo miró, no se atrevía a contestarle y no lo quería interrumpir, de todas formas tampoco sentía las energías para hacerlo. De alguna manera le interesa lo que le estaba diciendo y de otra, lo pensaba como algo que él ya sabía y no necesitaba oír. Pero lo siguió escuchando atentamente.
-...bueno, le comentaba a tu abuela que Pablo, un moishe amigo, trabaja en un empresa de programación. No me acuerdo el nombre pero es conocida. Tampoco me acuerdo el apellido de Pablo, le dicen Paul. Paul… no me acuerdo, no importa, ya me va a salir. A este muchacho lo conozco porque nos vino a dar soporte en la red de la sinagoga y ayudó a unos ingenieros a resolver un problema de cableados o no sé qué. Uno de los ingenieros era mi hermano mayor Miguel y él es más amigo de Paul… Coleman. Paul Coleman. Me acordé.
>>Mirá Milton, es fácil, yo no hablé mucho de esto con tu abuela pero el lunes temprano, a partir de las ocho de la mañana te tomás el subte en La Plata para el lado del centro, hacé combinación con la línea C en Independencia y te bajás en Lavalle. Justo en esa esquina está la empresa que ya me voy a acordar el nombre, entrás y seguro te va a atender una bonita recepcionista y le preguntas por Pablo Coleman. Y cuando hables con él te va a tomar unas pruebas de programación básicas y listo. Él va a ser tu superior inmediato, además es una empresa muy buena y grande. Te dan muchas facilidades y un buen sueldo, varias tarjetas de crédito y vos sos libre de manejar tu trabajo como quieras. Son extremadamente serios y profesionales y se interesan mucho por sus empleados. Vas a hacer lo que te gusta y además ganar experiencia y quien te dice, ser exitoso. Las oportunidades que nos da Dios no las tenemos que dejar pasar, además no perdés nada. Cuando yo tenía tu edad me encontré un documento de identidad y casi lo tiro, pero algo me hizo pensar claramente y no sabía quién hasta ese momento. Cuando lo miro me doy cuenta que era de… ¡Moon!
-¿De Moon? -Preguntó Milton sin entender.
-¡No! Moon Corp. es el nombre de la empresa. Me acordé- dijo entre risas.
-¿Y de quién era el documento? -Volvió a preguntar, esta vez muy interesado en la respuesta.
-No importa, me tengo que ir, se hizo muy tarde, otro día la seguimos. Siempre me pasa lo mismo. Hacé lo que te digo, andá, arriesgate- la cara de Milton fue de decepción al no saber el final de la historia. Aunque le dijo que sí, no estaba del todo convencido.
-El documento era de mi rabino, mi maestro. El hombre que me acercó a Dios. -fueron las últimas palabras del rabino García yéndose, volteando hacia Milton, justo antes de ser acompañado por la abuela hacia la salida.

Se quedó meditando un rato, esperando que la abuela le hablara de algo. La abuela tejía y tejía, y no hablaba. Cada día que pasaba, la abuela parecía más un telar que una abuela. Milton pensó divertido que si la abuela era un telar el rabino era un reloj. Y, entonces ¿él qué sería? ¿una propaganda? No, ¿quizá una máquina a vapor? Eso estaría por verse. Cuando sintió que sobraba, entre la televisión y las agujas infinitas de la abuela, se fue a jugar. Decidió aceptar repentinamente la invitación de los aventureros que todavía seguía en pie y por fin pudo comprar ese bendito caballo negro. Como el organizador del grupo de aventura era un anciano de la magia con una barba larguísima, Milton se imaginó para divertirse que el viejo era el avatar del rabino García y no pudo contener la risa al pensarlo. Al fantasear al rabino con sus lentes caídos, en una posición horrenda y con la cara a dos centímetros de la pantalla, ridículo. Apagó el juego y se fue a dormir pensando en Moon, la gran corporación que lo llevaría al éxito, también se acordó que el domingo no podría jugar. Era domingo de cementerio y muy bien sabía que tenía cantidades de familiares ahí a los que la abuela no dejaría de visitar.
Pero algo pasó el domingo. La abuela estaba triste porque habían cambiado su programa favorito de televisión a ese día y Milton la pudo convencer, como en el deseo imperioso de la noche anterior, de poder quedarse en casa jugando. <<Además no se puede tejer en el cementerio como un telar>> pensó. Y pasó todo el domingo cabalgando con su caballo nuevo y armándose mejor para encontrarse en la ciudad cercana con el grupo para la aventura. El grupo era de cuatro personas; Hold era un bárbaro tosco y peludo con un gran hacha y una increíble armadura, Erin era un hada hermosa y ágil que portaba arco y flechas, Resuff el mago era el jefe mentor de la campaña y Milton, que se hacía llamar El Frito y jugaba con un guerrero clásico de escudo y espada. Comenzaron presentándose y planeando un viaje hacia la gran puerta de la frontera y una vez en lo desconocido tendrían que juntarse con un contacto para encontrar una cura para una enfermedad que azotaba a algunos campesinos, la travesía sería bien recompensada. Pero, ese domingo, solo pudieron hacer la mitad del viaje y detenerse para cazar y acampar la noche.
Milton se durmió temprano y con la televisión encendida que repetía las mismas propagandas, y solía soñarlas. La mayor veces emitida era la de los muffins chock, una marca de magdalenas rellenas de chocolate, donde una canción en japonés repetía incansablemente la palabra muffin en su estribillo, repleta de oficinistas orientales bailando de traje, la gama de colores entera en fracciones de segundo como un electroshock, orientales comiendo obscenamente sus magdalenas gigantes y letras, letras japonesas rebotando por toda la pantalla. Todo como un juego de necesidades sin un interlocutor definido, como un golpe de puño hacia la parte de la alegría más ligada al morbo, como una tropa de soldados caminando hacia la guerra felices y con olor a frutas, como un niño que nos hace reír desde su condición de niño inmerso en la sociedad, como un niño que nos identifica, con su olor a sangre y a manzana, como un niño que cuenta un chiste aunque él mismo no lo entienda. Así, como un niño, Milton durmió hasta las ocho y treinta de la mañana.

Sardinas en las venas de la ciudad. Era lunes temprano y a pesar de haber desayunado bien, Milton quería un paquete de muffins chock que ya había comprado y guardaba en la mochila, era creciente el deseo de no poder sacarlos por lo apretado que estaba el subte al centro a esa hora de la mañana. Muy atento al horario, ya que tenía estampado en la cara el rolex de un viejo con traje y sombrero que no paraba de pisarlo, miraba a los pasajeros como si fuese un extranjero. En realidad todos se miraban como extranjeros perdidos en la selva y se movían como fantasmas de luz ante la ciudad bajo tierra que contaba con sus electrones corriendo de un lado a otro sobre la plaqueta del sistema. Extrañaba su caballo negro y su soledad, cerraba los ojos y pensaba que estaba montándolo aprovechando la sensación de inercia. La cantidad enorme de población hacía inevitable el sentimiento de soledad. Por suerte la ciudad (y por ende el subte) ya no era lo que fue hace algunos años, la gente había aprendido a ser limpia, el subte ya no olía mal, ni siquiera a grasa industrial y tierra. El subte tenía olor artificial, a limón. Más bien era como meterse en un limón gigante que te hacía llorar los ojos y te vaciaba la boca del estómago al penetrarte las narices. Pero lo importante era que la gente había dejado de tirar papeles en el suelo, por lo tanto toda problemática se había solucionado. El subte chillaba nombrando las estaciones. La pulcritud del interior era de un blanco brillante como el sol, enceguecedor. Milton dejó de pensar en su caballo y observó a la gente. La gente no miraba más que el vacío de la mañana del lunes en un subte apretado. Vio en la oscuridad de la ventanilla el reflejo del que tenía al lado, un muchacho con rastas y auriculares enormes que movía la cabeza y emanaba olor a sahumerio, era como un sahumerio con rastas dentro de un limón gigante que viajaba bajo tierra a noventa kilómetros por hora. Movió violentamente la cara y se intentó acomodar un poco. Se quedó mirando los carteles luminosos y luego se concentró en los dientes perfectos de la anciana decrépita que estaba sentada delante de él. Escuchó a tres hombres hablando detrás, hablaban de Alá y de lo que Alá pretendía. Milton decidió girar la cabeza, un poco para ponerle cara a las voces y otro poco porque se sentía incómodo y estaba inquieto. Los tres tenían barbas desprolijas (uno era colorado), sombreros extraños y se habían colocado de menor a mayor y del más gordo al más flaco respectivamente como una mamushka medio oriental de carne y hueso. Hablaban de un hermano muerto, estaban indignados (sobretodo el flaco petiso) porque al parecer no les habían avisado en tiempo y forma de la muerte del hermano, tan importante era el hermano y más importante que les avisaran. Al parecer el encargado del templo no tenía crédito ni acceso a internet para avisarles, y con lo importante que era el hermano no les podía decir que no consiguió crédito ni acceso a internet.
-¡Alá no tiene la culpa de la pelotudez humana! -dijo el flaco. Pero como no siguieron hablando más de la muerte del hermano sino criticando a los otros, Milton se aburrió y volvió su mirada hacia el frente.
Otra vez estaba ahí la vieja de los dientes rectos que permanecía inmóvil como estatua. Las cantidades de arrugas en su cara lo hacían preguntarse si no sería interesante hablar con ella de todas las historias que tendría por contar, de toda la vida que vivió. ¿Sería una condición de los ancianos transformarse en objetos inanimados del paisaje entre la gente, como la abuela en casa? Milton se preguntó de pronto si no sería una bendición tener la oportunidad de conocerla, de saber quién era esa señora y por qué tenía los dientes perfectos y tantas arrugas. Se preguntó si no sería una tristeza, casi una desgracia tortuosa no saber nada de ella y que pronto se muriera sin que nadie la conozca, desapareciendo ni siquiera en el olvido de alguien. O quizá (y lo pensó más probable) era como un estuche vacío, arrugado y vacío; como un cascarón lleno de arrepentimientos, lleno de nada. Pero rápidamente se olvidó de todo eso  ya que la dulce viejita rompió su dulzura, quebró el pensamiento como quien corta manteca, al mover su dentadura entera como rumiando, la acomodó, la hizo para un lado y para el otro desagradablemente. Y Milton pensó que la anciana se transformaba en un équido viejo y arrugado pastando sentado en la butaca del subte, y se acordó de su caballo negro y pensó en él durante el resto del viaje.
Al momento en que la escalera mecánica (ya no había de las otras) lo subía a la superficie, se superponían elevándose los pensamientos sobre la grandeza de la empresa corporativa (ya no había de las otras) a la que se dirigía y, como una prolongación del logo que aparecía en casi todas las marcas internauticas, podía sentir el éxito económico (ya no había de los otros) de su posible porvenir. El edificio era altísimo, hubiera dividido el azul del cielo como un rayo de espejos hacia el infinito si no fuera porque tenía construcciones casi tan enormes como él a los lados. Un gran cartel de luz decía “Moon” con la típica tipografía minimalista de esta época. Adentro lo atendió una señorita y, aunque nunca la miró a la cara, Milton sabía que era hermosa. No podía ser de otra manera. Le dijo, muy formal, que espere sentado en los comodísimos sillones negros y le dio la llave de un minibar que a su vez hacía de mesita ratona. Milton se puso a masticar enseguida sus Muffins Chock de a grandes bocados como si alguien lo amenazara para que coma, sacó un café de la máquina y al gustarlo intenso y asqueroso lo tiró en un tachito de basura que tenía al lado. Se sirvió, entonces, Coca-Cola en un vaso de telgopor, el lugar parecía un local de comidas rápidas pero gratis. Contaba con enormes espacios sin ninguna utilidad y tenía que dar como diez pasos para ir desde los sillones hasta la máquina de gaseosa. Desde la lejanía de la recepción se escucharon los pasos de la señorita.
-El señor Pablo Coleman ya está disponible, su oficina está en el tercer piso, lo acompaño al ascensor- y lo acompañó hasta un enorme ascensor que hablaba. Saludaba, daba la bienvenida y preguntaba a qué piso necesitaba ir. Dentro de aquel metálico cubo móvil parecía haber más oxígeno respirable que en el exterior. Subió sorprendentemente rápido hasta el tercer piso y se dio cuenta que le faltaban indicaciones. Ya que el lugar estaba lleno de amplias oficinas y ninguna tenía nombres ni carteles, no le quedó más que preguntar tímidamente donde se encontraba el señor Pablo Coleman. <<Sí, Pablo… Pablo está cruzando el patio de fumadores, doblando a la izquierda, es la tercer oficina>> le respondió un muchacho de camisa rosa planchada a la perfección y prolijamente moderno. Luego se enteraría que la falta de información era a propósito, que era una política de la empresa para la integración del personal, para que pregunten y hablen. Cruzó un jardín interno y cerrado lleno de abarrotados ceniceros y gente exhalando humo y charlando a los gritos; pasó como un fantasma, como un criado ante una fiesta en casa de los señores. Había gentes de todo tipo, gente de traje y gente deportiva, gente común y desprolija y gente vinculada a algún estilo de moda específico. ¿Cómo sería Pablo Coleman? el guardián de su puesto de trabajo. Pablo Coleman era ni más ni menos que el tipo de rastas y olor a sahumerios del subte. Pablo, a pesar de su apellido, no era judío y su relación con rabino García era a causa de su familia sí judía. Tenía mil autitos de colección en su escritorio y una estatuilla de buda (el buda gordo) y atrás un pequeño cuadro de un viejo pelado de bata anaranjada que a Milton le pareció alegre y le dio curiosidad. Pablo estaba reclinado en su silla con una tableta electrónica en el regazo y los pies de sandalias arriba del escritorio.
-Vos sos Milton, sentate. Tomá- sacó una computadora portátil y se la dio para que complete unos ejercicios de programación. Mientras le hablaba y le preguntaba cómo había viajado, con quien vivía, cómo estaba y qué le gustaba hacer en sus ratos libres. Siempre con los ojos en la tableta y muy descontracturado, casi no escuchaba las respuestas y cada tanto se echaba a reír de vaya a saber qué. A Milton le resultaron fáciles y entretenidos los ejercicios, y a pesar de que Pablo no paraba de distraerlo, lo hacía como algo natural, como andar en bicicleta por la plaza o garabatear dibujos mientras se habla por teléfono.
-Ya está -dijo a los cinco minutos.
-Muy bien, muy rápido -le respondió Pablo, guardó la computadora y siguió.
-Ahora esperá que te mande un email para confirmarte el puesto, viste como es la burocracia, el papeleo tarda.
-OK, gracias. -dijo Milton y se levantó para irse.
-Esperá, ¿no querés quedarte para ver el partido?- giró su silla y con un control remoto prendió la televisión que parecía un espejo en la pared hasta entonces.
-¿O tenés que irte?
-Sí, tengo que ir a casa porque justamente hoy mi abuela me necesita para una encomienda -mintió rápidamente Milton y le extendió la mano para despedirse.
-¡Qué lástima! Será la próxima -exclamó Pablo y le agarró con fuerza la mano extendida y le acercó el cachete para saludarlo con un beso.

Moon no es lo que crees. El mes transcurrió lento, como su vida habitual. Le daba miedo romper con esa laguna de rutina, sacudir el agua y que el llamado al trabajo sea el primer eslabón de una cadena que lo arrastre a un río desconocido donde no se sintiera cómodo, o si, pero desconocido, eso era lo realmente perturbador. En general su celular estaba callado, sus días eran casi sin usar la voz. La abuela hablaba cada vez menos, solo se oían las voces de la televisión de fondo y las personas que se cruzaba al salir a comprar. Milton estaba tan cómodo. Los problemas eran virtuales, eran de su caballero, eran un par de goblins o algún orco y cada tanto algunos fantasmas o esqueletos. Rompió el récord de horas corridas jugando al juego, y con su grupo se habían conocido muy bien. Hablaban de ellos y de cómo eran y de cómo se sentían. Se podría decir que eran sus primeros amigos después de mucho tiempo. El tiempo era pacífico; longevo pero vital y enérgico. Era hermoso jugar, siempre fue hermoso jugar. Sin los juegos la vida no tendría sentido, es la parte más importante de cualquier sentimiento. Jugar. Habían avanzado mucho, había luchado contra los incontables, habían llegado a la gran puerta de la frontera  y habían tenido que descifrar varios acertijos para cruzarla, que a Milton (o a El Frito) le resultaron más complejos que las pruebas de programación de la entrevista que había hecho la semana anterior. El mes transcurrió lento pero en el juego los años pasaron rápido. Estaban en lo desconocido, pero se sentía en casa. Estaba en la tierra de las almas perdidas, pero las sombras lo llenaban de fuerza y no quería irse. Una mañana, pasado el lento mes, recibió el email.

“Por medio de este correo nos dirigimos a usted para informar que su postulación al cargo de programador junior ha sido aprobada. Consideramos que cumple con los requisitos solicitados por la empresa. Adjunto encontrará las políticas y el contrato que deberá leer y firmar antes de presentarse a partir del día de mañana en el horario que disponga de su comodidad. Se agradece el interés y se desea buena suerte. Moon Corporation”

Las palabras se clavaron en su mente como el maullido de un gato en una mañana lluviosa de sueños livianos.


***


Claramente Milton no era de esos que iban a fumar al patio para conversar y reír; era, más bien, de esos que fumaban concentrados en el piso o en su celular, sentados en una pequeña esquina intentando no molestar a nadie y que nadie los moleste, pero sin fumar. Había pasado mucho tiempo en esa postura, pero al haber transcurrido un mes más (un agitado mes más) la postura no era constante. Tenía tres tarjetas de crédito que usaba en internet para comprar actualizaciones y un buen sueldo para pagarlas. Como aquella musa Erin, el hada del juego, también había una en el trabajo y como aquel bárbaro al que respetaba y del que desconfiaba un poco, también había uno en el trabajo; a Milton le divertían esas comparaciones. Se sentaba en el espacioso habitáculo donde trabajaba y girando la cabeza podía verla en su espacioso habitáculo concentrada; era una pequeña señorita blanca como el sol y tan coqueta que contrastaba con su forma de ser, con la timidez y la suavidad con la que hablaba (no era la timidez de Milton porque más que timidez, lo de Milton era desinterés). Aunque podía girar la cabeza y observar, rara vez lo hacía. La mantenía allí detrás, como una caricia en la espalda, como un escalofrío que lo extirpaba del aburrimiento cotidiano. Y ella estaba allí detrás, como un hada defensora de todo mal con su carcaj lleno de susurros e incertidumbres. Sabía su nombre (Ludmila) porque era inevitable saber el nombre de todos, ahora, recordarlo era un mérito diferente y voluntario.  Por otro lado, y completando los tres que trabajaban en ese cuarto, estaba Felipe. Felipe era un tipo con cara de nada, más común que su nombre. Ni perfecto, ni detestable. Era, para Milton, molesto tener que hablarle. Felipe tenía una personalidad sobresaliente, y a Milton le hubiera gustado poder hacer lo que él, llegar gritando, cantando, saludando a todos y a cada uno. Era tan efusivo y directo en sus pensamientos y gesticulaciones que a veces rozaba lo irritante.
Milton, como los demás, tenía que entregar una cierta cantidad de horas de trabajo y eso hacía que no importara qué día o en qué horarios iba a trabajar, lo elegía él. Prefería ir a la tarde para dormir la mañana y trasnochar. Y, aunque no lo admitiera nunca, se cruzaría con Ludmila que estudiaba a la mañana y entraba siempre alrededor de las dieciséis horas.
Milton se despertó al mediodía. Se había quedado jugando hasta tarde continuando lentamente su travesía hacia unas ruinas de un viejo castillo, la noche anterior habría sido normal si no fuera por un cartelito que se abrió mientras jugaba y que claramente no provenía del juego “Moon no es lo que crees” decía, no le dio importancia. La abuela había dejado unos sanguches en la mesa, se los comió de un bocado, se lavó la cara y fue para el trabajo. Escuchaba la gente en el camino sin querer oírla. "...eso no es así, ese perro es cruza de..." dos andando en bicicleta. “…al final el cumpleaños lo hago en casa porque lo de...” una en el subte. Volvió a la superficie, miró con simpatía la rigidez con que cuatro viejas paraban todas juntas un colectivo como saludando al Führer, tomó sin esfuerzo la bienvenida a la empresa y pasó unas cuantas horas en su escritorio desempeñándose bien y sin mucho esfuerzo.
En la cocina del trabajo se encontró a Ludmila, como quien encuentra una joya, y no resistió quedarse callado.
-¿Tenés mucho trabajo?
Lo miró a los ojos con la cabeza gacha como solía hacer y sonriéndole asintió tímidamente, un mechón de flequillo le tapaba un ojo y Milton sentía el impulso de pasárselo por detrás de la oreja, tomarla suave y firmemente del mentón y levantarle la mirada, obviamente no lo hizo. El silencio fue horrible para ambos. Milton sacó un café de la máquina aunque los odiaba, pero no sabía qué hacer.
-¿Querés uno? -le preguntó.
-No gracias, estoy tomando un té -respondió Ludmila inclinando la taza que tenía en las manos y rió por la situación. <<Qué tonto yo>> pensó Milton y se sentía extremadamente colorado de vergüenza como si pudiera verse a un espejo.
-Vamos a trabajar y pongo un poco de música -dijo ella, quién era la encargada de poner música en la oficina. Sabía mucho de música, una cuenta pendiente en Milton, siempre ponía un estilo llamado Folk de Vanguardia que era algo así como música country electrónica y a destiempo, muy pretenciosa. Un poco lenta para una fiesta pero muy disonante para un ascensor o una sala de espera.

Pasaban los días. A veces Ludmila lo hacía sentir mal, no de forma voluntaria. Él se erguía con su presencia inerte, con su gordura, con sus rulos y su malestar; y ella era tan hermosa. Milton pensaba (mientras jugaba, peleando contra un sin fin de esqueletos en unos pasajes de una ciudad abandonada) que ella era una diosa que provoca un hormigueo en todo su cuerpo, y se consolaba visualizándola con su sonrisa de dientes pequeños y absurdamente rectos y colmillos largos como una vampiresa, además era muy enana y tenía una mancha en el hombro imposible de ignorar. <<No es perfecta y eso es verdad, no es el consuelo de un gordo>> se decía a sí mismo. Pero era hermosa y Milton no podía hacer nada al respecto.
Otra vez el cartelito “Moon no es lo que crees”. Debía ser un virus. Los esqueletos los estaban doblegando, El Frito se había quedado parado sin hacer nada, como un árbol, como un ser sin alma. Milton sacudió la cabeza para despertar del trance de los pensamientos ajenos a la realidad y vio cómo un esqueleto lo estaba golpeando y se sorprendió de su distracción en algo que lo apasionaba tanto como era ese juego. Bajó la mirada (levantó el escudo y empuñó la espada) y se dio cuenta que había varios mensajes en la pantalla, varios cartelitos de Erin y de Hold. “Qué le pasa a El Frito??” “Por qué estás tan distraído???”…
-¿Por qué estás tan distraído? -preguntó Felipe.
Milton sacudió la cabeza y Felipe lo miraba con aires de bromista.
-¿Que te anda pasando? -volvió a preguntar Felipe y aunque Milton no tenía ganas de hablar tuvo que contestarle.
-Nada, me distraje.
-Oh sí, es como si no estuvieras, tenías los ojos puestos en ella pero estabas en otro lado, en la luna de valencia. -le contó muy expresivo y a los gritos, señalando a Ludmila que trabajaba en su habitáculo.
Milton se dio vuelta dando a entender que no quería hablar y se puso a trabajar. Le resultaba muy fácil el trabajo, se adaptaba y tomaba más velocidad en lo que hacía que sus compañeros, era un aburrido talento que tenía pero no podía negar que lo había ejercitado al máximo al dedicarle horas y horas de programación a ese lugar, en ese trabajo. Pensaba bromeando que si fuera un personaje de algún videojuego habría subido muchos puntos de experiencia en algún talento ligado a la computación.  Otro día más, y otro.
En la calle todo era muy tranquilo, el transporte público funcionaba a la perfección. “...eso no es así, ese perro es cruza de…” dos andando en bicicleta. “...al final el cumpleaños lo hago en casa porque en el...” una en el subte. “...en realidad la culpa es del cajero que tendría que...” una pareja en el supermercado. La gente no optaba por un automóvil propio ya que los que no eran muy acaudalados solo acumulaban stress; el cual extraían de sus cuerpos esperando, agazapados como leones, que alguien se equivoque para explotar en una bola de insultos que los devolvía a la felicidad de su estar. “...¿La calle es tuya? hijo de puta y la...” un motociclista. Milton suponía que la catarsis de Felipe estaba en esas charlas, que poco a poco se convertían en reuniones, donde le expresaba a sus compañeros, cual orador evangelista, lo mal que estaba aceptar absolutamente todo a la empresa como si la única forma de comunicación fuera posible unilateralmente y tomarlos como de palabra santa. Solo había escuchado de Felipe algunas frases sueltas sobre aquel poco interesante tema “...aunque la idea de un sindicato está oxidada y es atemporal creo que...” “...juntos podemos representarnos mejor que como individuos...”. Todo esto no le hacía el más mínimo ruido, aunque bien había notado el hecho de que Ludmila se interesaba en esas cosas y que al supervisor Pablo Coleman, o simplemente Paul como le decían ahora, no le hacía mucha gracia esta historia. Otro día más, y otro.
Milton ya no era él, al menos de eso dudaba. Estaba dispuesto a admitir que la empresa lo había vuelto más sociable, más otro. Pero a la vez seguía siendo el amante fiel del juego y el más importante de los fantasmas que acompañaban a la abuela. <<Abrigate nene>> o <<Tenés la comida en la mesa>> decía siempre la abuela cada vez más muda. Otro día más, y otro. Era, a esta altura, dos Milton. En casa el él de siempre y en el trabajo atento a todo, dispuesto a todo, pero sin importarle nada en concreto. Nunca iba a admitir que lo que lo incentivaba a seguir en ese lugar era ese otro Milton. Pero más lo incentivaba la sensación extraña que sentía al hablar con Ludmila. Sabía disimular su doble realidad hasta para él mismo aunque le daba miedo mirarse al espejo y verse doble. No se extrañaba para nada, el espejo siempre fue un problema para él. El espejo siempre se obstinó a mostrarlo gordo. Otro día más, y otro.

“...eso no es así, ese perro es cruza de…” dos andando en bicicleta. “...al final el cumpleaños lo hago en casa porque en el...” una en el subte. “...en realidad la culpa es del cajero que tendría que...” una pareja en el supermercado. “...¿La calle es tuya? hijo de puta y la...” un motociclista. “...aunque la idea de un sindicato esta oxidada y es atemporal creo que...” “...juntos podemos representarnos mejor que como individuos...” decía Felipe.
-Felipe quiero hablar con vos en mi oficina y vos también vení. -dijo Paul señalándolo a Milton apenas entró y sin saludar. Tenía una postura rara en él, una forma un poco tartamuda. Felipe y Milton se miraron y miraron a Ludmila con cara de extrañados, como si Paul no fuera él, como si fuera un extraño que no se presentó. <<Paul es muy bueno con nosotros>> repensó Milton. Caminaron los dos detrás de su supervisor como perritos pasados por la lluvia. La oficina de Paul estaba un piso más arriba, como su cargo. Dentro del ascensor inteligente miró a Milton y habló seriamente como nunca lo habían escuchado.
-Milton, vos subí hasta el cuarto piso y hablá con Ricardo David, nuestro manager.
-¿Y yo? -preguntó desafiante Felipe.
-Vos vení conmigo, quiero hablarte de tu comportamiento. -dijo Paul con aires de resignación, vergüenza o tristeza.
Milton se quedó solo en el ascensor inmenso que le hablaba <<Tercer piso>> <<Cuarto piso>>, y eso lo hacía sentir aún más solo, ahora era un solo Milton. Era el que quería estar incrustado en la silla de la computadora de su casa jugando. Tardó un rato en encontrar la oficina del manager. “...Si te compras esa camioneta tené cuidado con que…” alguien en el cuarto piso que escuchó al pasar.
-No, no, vos tenés que ir a ver a George Locke, el gerente general. -le informó Ricardo David. Era un tipo recto y de traje negro, con aires de superioridad, ajustado hasta el último botón. De pelo completamente blanco y unos grandes bigotes del mismo color, casi plateados.
-George se encuentra en el quinto piso.
Milton subió al quinto a toda prisa y con un miedo que jamás había sentido. Pensaba que si salía entero de esto, lo llamaría al rabino García y le rompería la nariz de un puñetazo. <<Nunca estuve tan alto>> pensó. Y allí, en el quinto piso, tan alto, se encontró con un joven de unos treinta y pico, rubio, prolijo y de pelo corto, pero no acartonado como el manager; con una camisa moderna y rosa, desabrochada en los dos botones de arriba mostrando una pequeña cadena de oro que hacía juego con la hebilla del cinturón de vestir. George tenía una oficina extremadamente amplia, todo eran sillones y con un gran ventanal desde donde se veía media ciudad y el río. En medio del cuarto había una fuente de estilo oriental.
-Oh Milton, que gusto, oh… -dijo George con un acento norteamericano, un acento ridículo como de película. Pero esas palabras no lo tranquilizaron mucho.
-Oh Milton, eh ¿sabes que tienes el mejor, oh, promedio de todos los tiempos? -dijo como haciendo fuerza para hablar español. La cara de Milton cambió automáticamente.
-Mira, disculpa, eh, discúlpame, lo debo hacer corto. Estoy, eh, ocupado -tragaba las erres como quien traga un chicle transformándolas en una especie de doble ve.
-Tu compañero, eh, Felipe va a renunciar y, oh, vamos a tomar gente nueva, estamos en un periodo de cambio, eh, y hay que tomar decisiones. Es probable, oh, que Pablo también se deba ir y queríamos, oh, saber si estás dispuesto a cubrir su puesto, oh, eh, ser supervisor del área. -dijo y exhaló naturalmente como cualquiera que no hable en su idioma. Milton se mostraba sorprendido mientras George le seguía contando los beneficios que tenía ser supervisor. Milton estaba contento y aliviado, y también extrañado porque no parecía que Felipe hubiera querido renunciar, pero prefirió no preguntar.
-Te felicito. -dijo George y lo acompañó hasta la salida indicándole que tendría que ir a hablar con el sector de recursos humanos para hacer efectivo el ascenso.

Internados en la caverna más profunda con Erin (a Hold lo habían matado) buscaban la forma de entrar al castillo y subir para vencer a un gran señor malvado, un demonio convertido en rey. Apareció el ya inquietante cartel “Moon no es lo que crees” pero creía que lo mejor era ignorarlo y que provenía de algún chistoso. El juego terminaba por ese día. El camino al trabajo se hacía más pesado ahora que era supervisor. “...hay lugares a los que no se puede ir, además...” una señora extraña esperando a cruzar la calle. “...¿está Meli? pasámela...” un viejo de lentes sentado en una lindera hablando por celular. Era extraño ser el jefe de alguien, sobre todo de Ludmila. Pero el peso más grande corría en el transcurso de los días, cuando Milton se empezaba a dar cuenta que ni Felipe ni Paul habían renunciado. Lo más raro era que sabía que en este país uno podía decir y pensar lo que uno quisiera. Uno es libre, uno se siente libre. Pero Hold había muerto.
-Hay que hacer algo -le decía Ludmila más activa y desenvuelta que nunca.
-¿Por qué? ¿Algo como qué? -Le respondió Milton sentado en su oficina de supervisor.
-No puede ser que los hayan echado así, por nada. -dijo ella.
-Pero no sabemos qué fue lo que pasó.
-Por eso, Felipe no contesta y de Paul ni siquiera tengo el teléfono.
Ludmila suspiró y se detuvo a pensar. Milton no podía dejar de verla como si tuviera un aura luminosa que se hacía más fuerte a cada instante. Ella sería la que daba luz a todo ese lugar, la fuente donde se concentraba lo blanco y lo pulcro de la ciudad. El aire, todo.
-No podemos hacer nada si no queremos terminar despedidos. -dijo él y al ver la cara de decepción de ella improvisó.
-Pero en lo que se te ocurra hacer, contámelo y yo te voy a acompañar hasta el fin. -dijo y se puso colorado instantáneamente, en su cabeza había sonado menos estúpido. De todas maneras Ludmila sonrió, pero no con la sonrisa cortés de siempre. Sonrió de verdad, de alegría al escuchar sus palabras. Ella le hablaba, ella era confidente y eso no era poca cosa para él.
La vuelta a casa se hacía más pesada, la casa se hacía más pesada. El Milton del trabajo le estaba ganando al de la casa, al del juego, al de la abuela. Comenzaron su infiltración en el castillo. Sigilosamente El Frito se abría paso matando fantasmagóricos guardias y Erin lo apoyaba detrás con sus flechas. Hold había muerto. Y el cartel “Moon no es lo que crees”.

Ludmila se había tomado quince días de vacaciones y el trabajo estaba aumentando. Milton sabía que cuando volviera iba a juntar firmas para hacer una organización de empleados e iba a investigar incesantemente lo que había pasado con Felipe y Paul. Estaba muy perturbado y caminaba chocando a la muchedumbre de todos los días en las angostas calles del centro, y la escuchaba. Escuchaba la muchedumbre como un zumbido de abejas organizadas para vivir un día en nombre de algo de lo que no tienen la más mínima idea. Uno cantaba desafinado “...Oh nena, nena...”. “...y ahí doblas a la derecha, haces dos...” indicaba un diariero. Entre la gente levantó la mirada y Felipe lo miró directamente a los ojos, pero con una mirada distinta. Felipe lo había visto y había cruzado inmediatamente la calle esquivando los autos y doblando en la primera esquina. Se había ido. Milton lo sabía, sabía que se había escapado de él, pero a partir de ese instante comenzó a dudarlo. ¿Por qué se habría de escapar? si en este país uno podía decir y pensar lo que uno quisiera. Uno es libre, uno se siente libre.

Uno es libre, uno siente en la realidad que debe ser libre. Uno no tiene dueño como un perro al que le dan de comer todos los días. La realidad en la que uno se ve gordo al espejo, o doble, es la que nos dice denostadamente que somos libres. Milton había subido a su oficina como quien sube a la horca. Subía pesado. Sentía que la realidad lo aplastaba hasta el suelo. Ricardo David, su manager, le informaba por teléfono que habría que considerar en los próximos días el mal rendimiento de Ludmila, que así lo proponía el gerente. Milton, con el teléfono pesado como un yunque en el escritorio y acercando la boca al manoslibres, estaba garabateando un dibujo de un castillo como el del juego. Cuando escuchó las palabras del manager borroneó el dibujo con la fuerza de un baldragas.
-¿Ludmila? si ella está trabajando como siempre -dijo Milton extrañado pero con un convencimiento con el que nunca se lo había escuchado.
Ricardo cambió su tono de voz y de forma severa empezó a divagar como una computadora automática y aleatoria sobre las políticas de la empresa. Mientras el empresario buscaba excusas en algún apunte que tendría perdido en alguna carpeta, y le hablaba sobre la búsqueda de empleados proactivos y vaya a saber cuántas  estupideces más, Milton recibió un mensaje de ella. Sintió un calor intenso y un miedo profundo al ver el nombre de Ludmila en su celular. La garganta se le cerraba y el teléfono le pesaba entre las manos, pesaba como un adoquín. “Felipe está en el hospital, no sé qué le pasó. Llamame con cautela, por favor.”
-Así que mañana a las veintidós horas tenés que ir a la oficina de George Locke para concluir el asunto. -dijo Ricardo y colgó el teléfono determinantemente. Ludmila corría un grave peligro. Otro mensaje cae en el peso del celular “Número bloqueado: Moon no es lo que crees”.

Esa noche había comido a las apuradas casi sin masticar y había corrido hasta la computadora para jugar. No pudo más que mirar el monitor durante media hora sin darse cuenta. Estaba sentado como un zombi y parecía que le hubieran extraído el alma, con el brillo de la pantalla en los ojos que desenfocaban todo lo que tenía enfrente como cuando uno siente desmayarse del sueño. Su cuerpo estaba ahí en esa silla, en esa casa de abuela ausente, pero su mente vagaba entre su vida anterior, la empresa y Ludmila. Un poco más lejos, en alguna rama de su pensamiento, se encontró con la serie de mensajes misteriosos. “Moon no es lo que crees” se repetía una y otra vez.
-Moon! -se dijo gritando sin darse cuenta, como un grito callado, como buscando una bocanada de aire o una respuesta.
-¿Que? -dijo la abuela desde su cuarto y Milton no contestó. No se dio cuenta que sus pensamientos la habían despertado. Ella insistió por última vez.
-¿Que? si tenés hambre, querido, hay unos sanguchitos en la heladera, yo ya estoy acostada. -sin dejar pasar un segundo más, la abuela ya se había puesto a roncar como toda buena fumadora.
Era justo la medianoche cuando se despabiló de su trance y se puso a buscar a Moon en internet. Luego de ojear montones de artículos donde hablaban del buen desempeño de la empresa en el mercado local, videos de aliento para nuevos inversores y aburrimientos por el estilo, cargó el juego para la odisea final y, por fin, poder vencer al demonio reinante. No pudo dejar de distraerse y pensar en Felipe y en Paul. <<¿Por qué no lo seguí?>> se reprochó. <<¿Dónde estará ahora?>>. Estaba preparado para la supreme ordeal, tan extranjero y tan nacional; así de extraño y normal. Las ramas de sus pensamientos estaban brotando, expandiéndose por toda la habitación y más allá. Se levantó y se vio a sí mismo jugando. (“...eso no es así, ese perro es cruza de…” dos andando en bicicleta). Ya no era el espejo el que lo reflejaba en su infelicidad. (“...y ahí doblas a la derecha, haces dos...” indicaba un diariero.) El mouse era una expansión de su brazo, de impulsos eléctricos corriendo como por un circuito cualquiera en las venas de su cuerpo, como la red de subtes en la ciudad, como ese mismo árbol que le da aire al respirar entre los bloques de cemento, el árbol de sus pensamientos. (Uno cantaba desafinado “...Oh nena, nena...”). Era otra vez dos Milton. Las ramas iban y volvían locas con el viento. Salió a la calle alejándose de él mismo, alejándose de su vida anterior y extrañándola al instante. (“…al final el cumpleaños lo hago en casa porque en el...” una en el subte). Erín el hada no había aparecido en toda la noche y sospechaba que la habían asesinado, nada podría consolarlo entonces, otra cosa no podría haber pasado. (“...hay lugares a los que no se puede ir, además...” una señora extraña esperando a cruzar la calle). Tomó el subte como quien pone un arma en su propia boca. El juego lo esperaba y las escaleras y los guardias fantasmas iban pasando, eran vencidos. (“…en realidad la culpa es del cajero que tendría que...” una pareja en el supermercado). Las ramificaciones de sus ideas casi como una inercia impredecible lo obligan a bajarse en la estación correcta a la hora exacta. Mil realidades, dos, una a la vez. La del espejo, la que está afuera. La de la pantalla. (“...¿La calle es tuya? hijo de puta y la...” un motociclista). La escalera caracol de la torre del castillo estaba ahora dispuesta a darle trabajo, llena de guardias programados para verlo fracasar. (“...¿está Meli? pasamela...” un viejo de lentes sentado en una lindera hablando por celular). Aunque la soledad era constante, en aquel momento parecía que se volvía corpórea, tomaba forma y se podía tocar; por eso un viejo músico, sobre un antiquísimo libro, cantó alguna vez “...No cuentes lo que hay detrás de aquel espejo, no tendrás poder...”. La puerta de Moon estaba ahí en sus manos, esperando su llegada. (“...aunque la idea de un sindicato esta oxidada y es atemporal creo que...” “...juntos podemos representarnos mejor que como individuos...” decía Felipe). El ascensor parlanchín se volvió escalera ante los pasos violentamente nerviosos, como de soldado. Sabía que del otro lado de la puerta de madera medieval estaba el demonio y no dudó en derribarla, en olvidarse de su cautela y cordura. (“...Si te compras esa camioneta tené cuidado con que…” alguien en el cuarto piso). El gerente lo esperaba con la sonrisa dibujada desde el fondo de su oficina del quinto piso. Subió seis escalones, lo vio y no era tan terrible como se lo imaginaba. Resignado a que su vida anterior, aquella en la que era uno solo, nunca más volvería, cruzó la fuente minimalista que decoraba ese frío y espantoso lugar de trabajo, mojándose hasta las rodillas, abalanzándose contra el cuerpo del confundido empresario y sujetándolo con fuerza de las solapas del traje. Sacó su espada, observó sus cuernos y tiró su escudo a un costado. Con sus dos manos agarradas con la furia desconocida de un extraño en su cuerpo, desconociéndose constantemente. Haciendo una presión innecesaria en el mouse y el teclado, de un solo movimiento la cabeza del rey rodó por el suelo y rebotó por la escalinata. Ya no importaba si la fuerza era voluntaria o no, fue suficiente para que George vuele por el aire rompiendo el vidrio del ventanal y caiga del decorado minimalista de la oficina del quinto piso. Probar que los cerdos vuelan. Campaña completada.
Milton bajó el ascensor en paz y se dio cuenta que nunca antes había sentido felicidad verdadera hasta ese momento. El castillo siempre estuvo en ruinas, así fue programado. Caminando orgulloso por su desahogo en la calle peatonal, el edificio de Moon a sus espaldas se derrumbó con una explosión ensordecedora y misteriosa, como una demolición sorpresiva. Milton siguió caminando completo, hecho uno solo, mientras la gente corría, gritaba y se agarraba la cabeza. No tardaron en llegar los periodistas y poco después las ambulancias y los patrulleros. El derrumbe terrorista estuvo meses en los noticieros que debatían incansablemente. Milton no tenía nada que ver con ese incidente, no tenía idea si fue el terrorismo o el destino, no le importaba y se sentía feliz de verdad, y había conseguido un juego nuevo.
Los noticieros se vieron obligados a mostrar imágenes horribles y denunciar a muchos enemigos. Y, lamentablemente, la gente tuvo que vivir un poco más intranquila en esa magnífica sociedad.

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